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De color de amapola, reseña

Después de bastante tiempo, hoy vengo con una nueva reseña. Hablamos sobre De color de Amapola, primera novela de Lola Alemany.

Título: De color Amapola

Autora: Lola Alemany

Género: Novela histórica

Editorial: Cuadranta

Idioma: Español

Año de edición: 2022

Formato papel

ISBN: 978-84-18756-64-1

Sinopsis

De color de amapola es una novela en la que se entretejen dos tramas

De color de amapola es una novela en la que se entretejen dos tramas: la de los brigadistas internacionales en Albacete, donde tuvieron su cuartel general, y la de una mujer que lucha por la exhumación de los restos de su abuelo. Es una novela en la que se relatan acontecimientos que se desconocen en torno a estas unidades militares de voluntarios internacionales en España.

Las dos mujeres que comparten el nombre de Encarna

Las dos mujeres que comparten nombre —Encarna, como si una «encarnara» o fuese el reflejo en el tiempo de la otra— están acompañadas por otros personajes inolvidables, como son las tres traductoras-intérpretes que llegan voluntarias a Albacete desde distintos países —Elisa, francesa, Eyleen, inglesa, y Gina, argentina de origen ruso—, o Gloria, abogada uruguaya, y Rosa María, bibliotecaria albaceteña.

El texto ha sido escrito tras un largo y meticuloso proceso de documentación

El texto ha sido escrito tras un largo y meticuloso proceso de documentación que no interfiere en el desarrollo de la acción. Una novela amena, con un buen ritmo narrativo, que está dirigida a público juvenil y adulto indistintamente, en la que enseguida nos encontraremos envueltos en fascinantes descubrimientos sobre nuestro presente y pasado más reciente.

Opinión

Novela histórica ambientada en la Guerra Civil

De color de Amapola es una novela histórica ambientada en la Guerra Civil Española. La mayor parte de su trama trascurre en la ciudad de Albacete, donde estuvieron concentradas las Brigadas Internacionales durante buena parte del conflicto bélico. Lola Alemany, en la que es su primera novela, nos cuenta la historia de tres brigadistas reclutadas como intérpretes —Elisa, francesa de padres españoles; Gina, argentina de origen ruso y Eyleen, de nacionalidad británica— y la relación que establecen con Paco, abuelo de Encarna —la protagonista— y chófer oficial de André Marty —dirigente del Partido Comunista Francés— encargado por la Internacional Comunista de reclutar y organizar a las Brigadas.

Historia de tres brigadistas reclutadas como intérpretes y la relación que establecen con Paco, abuelo de Encarna

La novela cuenta con dos tramas, la ya mencionada que transcurre durante la contienda civil y que está narrada en tercera persona y la otra situada en la época actual narrada en primera persona por Encarna. Ambas tramas quedan hábilmente hilvanadas cuando Encarna, en un momento de crisis personal y en contra de la opinión de su madre —hija menor de Paco a quien no llega a conocer— y de su marido decide emprender la búsqueda de los restos de su abuelo encarcelado y desaparecido al terminar la guerra.

A través de los brigadistas observamos cómo el ambiente pasa del optimismo y fervor inicial al desencanto

A través de los brigadistas observamos cómo el ambiente pasa del optimismo y fervor inicial al desencanto primero y más tarde al pesimismo más absoluto. De frases como

España sería la tumba del fascismo

página 47

o la conocida

No pasarán

página 63

que claman las multitudes cuando las Brigadas entran en Madrid, se pasa al desánimo, tras ser conscientes de la descoordinación imperante en el frente:

No se puede ir a la lucha de esta manera. Recibimos cintas de munición que eran de otro calibre No se puede mandar a la gente así sabiendo que van a morir en cuanto les comiencen a disparar

página 165

le dice un brigadista a otro, ambos convalecientes en el hospital de campaña habilitado en un hotel de Benicàssim.

La crueldad y falta de escrúpulos de André Marty

La crueldad y falta de escrúpulos del máximo dirigente de las Brigadas, André Marty, tampoco invita al entusiasmo:

Ella (Elisa) había sido testigo de cómo él (André Marty) había dado el visto bueno a lo que se denominaban compañías de pioneros y de castigo. A los brigadistas encarcelados les prometían la libertad a cambio de combatir en primera línea durante un corto periodo de tiempo. Esas eran las compañías de pioneros. Aquello era una enorme trampa. Pocos salían de allí con vida. Las compañías de castigo eran cuerpos adiestrados que se mantenían en la retaguardia y cuya función era impedir el retroceso de los pioneros abriendo fuego directamente sobre ellos, matándolos si era preciso, de un pistoletazo en la nuca.

página 190

No vacilé y ordené las ejecuciones necesarias (…) Las ejecuciones ordenadas por mí no pasaron de quinientas»

página 239 (nota al pie)

declaraciones del propio Marty recogidas por la autora.  Por último, el derrotismo hace mella total en las Brigadas cuando las tropas republicanas son vencidas en la batalla de Teruel y comienza la retirada.  Todo el mundo se da cuenta de que es el punto de inflexión antes de la derrota final.

Excelente caracterización de los personajes

La novela parte de una amplia y exhaustiva documentación. También encontramos una excelente caracterización de los personajes: por supuesto, Encarna con su crisis de los cuarenta —que es la que la incita a indagar en los secretos familiares y buscar a su abuelo, sobre el cual la familia siempre mantuvo un espeso y doloroso silencio—,  pero también la vivaracha Gina, a la que parece que estas oyendo hablar con su peculiar deje argentino, la misteriosa Eyleen, Elisa con su compromiso y su seriedad, Paco tan circunspecto, ambas Marías, la esposa de Paco siempre en un segundo plano y María hija, madre de Encarna, tan conformista con el destino de su padre, Encarnita —la tía de Encarna, hija mayor de Paco y María, personaje fundamental, ya que a través de ella se enlazan las dos épocas—, etc.

De color de amapola el alma tengo, verso de Miguel Hernández

Especial ternura me ha provocado un personaje secundario que apenas aparece, Hipólito, joven enfermizo compañero de celda de Paco y que parece un reflejo del propio Miguel Hernández, también encarcelado y fallecido de tuberculosis en la cárcel de Alicante, de cuyo poema «Sino sangriento» toma el título la novela (pág. 7).

De sangre en sangre vengo,

como el mar de ola en ola,

de color de amapola el alma tengo,

de amapola sin suerte es mi destino,

y llego de amapola en amapola

a dar en la amapola de mi sino.

Miguel Hernández, Sino sangriento

Drama humano

Además de adentrarnos en el drama humano por el que pasan Encarna y su familia, similar al de tantas y tantas familias españolas del bando perdedor, De color de Amapola es imprescindible para comprender esta parte de nuestra historia bastante desconocida. 

Ordesa

Título: Ordesa

Autor: Manuel Vilas

Género: Inclasificable

Editorial: Alfaguara

Idioma original español

Año de edición: 2018

Formato papel

ISBN: 978-84-204-3169-7

Sinopsis

“Son dos verdades distintas, pero las dos son verdades: la del libro y la de la vida. Y juntas fundan una mentira”.

Una historia personal

En Ordesa, Manuel Vilas narra una historia personal con una intensidad similar a la que recorre su poesía: el pasado, el desvanecimiento de dos familias, la muerte de los seres queridos, la ausencia y la lejanía de los que ama, la España en la que vive y aquella en la que creció, los recuerdos, la sensación de desarraigo… Con una voz valiente y transgresora, mezclando realidad y ficción, prosa y poesía, el autor construye un relato en el que todos podemos reconocernos y recorre con él el camino inverso, desde el presente inequívoco hasta el origen imaginado.

Escrito a ratos desde el desgarro, y siempre desde la emoción

Escrito a ratos desde el desgarro, y siempre desde la emoción, este libro es la crónica íntima de la España de las últimas décadas, pero también una narración sobre todo aquello que nos recuerda que somos seres vulnerables, sobre la necesidad de levantarnos y seguir adelante cuando nada parece hacerlo posible, cuando casi todos los lazos que nos unían a los demás han desaparecido o los hemos roto. Y sobrevivimos.

Opinión

Mi interés por el libro

Vaya por delante una breve historia personal. Mi madre, a sus 87 años, continúa siendo una gran lectora (todo lo que sus maltrechas cervicales le permiten), pero este libro lo tenía repudiado. Precisamente, el repudio de mi madre hizo que se despertara mi interés por él y se lo tomé prestado. Tras leerlo pude comprender el porqué. Puedo aventurar que no fueron sus casi cuatrocientas páginas lo que la echaron para atrás. Ciertamente es un libro difícil de leer, no apto para todos los públicos, ni para todas las ocasiones, pero no por ello carece de interés, sino todo lo contrario.

Difícil clasificación

Para empezar es difícil de clasificar, ya que está a medio camino entre la novela y el libro de memorias; entre la realidad y la ficción; entre la narración y la disertación filosófica; entre la idealización y el desarraigo; entre la prosa y la poesía. Cuando lo terminas no dejas de preguntarte qué es verdad y qué es mentira en esta recreación desordenada y caleidoscópica, por momentos plasmada de nostalgia y lirismo, por momentos monstruosa y hasta escatológica en alguna ocasión, que hace Manuel Vilas de la historia de su familia (que a veces parece de lo más corriente y a veces parece completamente disfuncional, para seguir con el tema de las dualidades).

Este libro habla sobre la vida y la muerte

Este libro, que habla sobre todo de la vida y la muerte, de la memoria de los seres queridos, de la familia, de dónde venimos y hacia dónde vamos, contiene pasajes memorables a la vez que desconcertantes: “La muerte es en el fondo casi una ganancia económica, pues la naturaleza al fin te deja libre, ya no hay acción ni trabajo, ni esfuerzo, ni salario, ni éxito, ni fracaso; ya no hay que hacer la declaración de la renta, ni mirar los extractos bancarios ni consultar la factura de la luz. La muerte representa, en ese sentido, la utopía del anarquismo”.

Conmovedor y desconcertante

Especialmente conmovedor me resultó este bellísimo párrafo dedicado a la memoria de sus padres: ”Era el paraíso. Fue mi paraíso. Fueron ellos mi paraíso, mi padre y mi madre, cuánto los quise, qué felices fuimos y cómo nos derrumbamos. Qué hermosa vida juntos, y ahora todo se ha perdido. Y parece imposible”. O estos otros: Tú eras Dios. Música de Dios. Eras la música del que permanece. Todo hombre o toda mujer quiere fundar una familia.

Los seres humanos son fundadores de familias.

“Mi nostalgia es nostalgia de una manera de hablar el español. Mi nostalgia es nostalgia de un mundo sin miedo.

Abundan las metáforas y los paralelismos

El texto de Ordesa está plagado de metáforas: los colores como símbolo del transcurrir  del tiempo: del azul que representa la infancia feliz, al amarillo que aparece ya en la portada y que simboliza el paso a la madurez con  su carga de fracasos y decepciones. También abundan los paralelismos entre las vidas pasadas (los abuelos, los padres) y las actuales (el propio protagonista y sus hijos).

Androcéntrico

Por otra parte, bajo mi punto de vista, está escrito desde una visión excesivamente androcéntrica, lo que se pone de manifiesto en ciertas ocasiones. Esto lo destaco porque, como mujer, me ha resultado muy difícil empatizar al cien por cien con el personaje/narrador del libro en alguno de los capítulos. Bajo este aspecto concreto me llama la atención la admiración e idealización del el padre, cuyos pasos desea seguir hasta identificarse con todo lo que representa “todo lo que le pasó a mi padre repercute en mi vida con una precisión milimétrica. Estamos viviendo la misma vida, con contextos diferentes, pero es la misma vida”.

Su padre y su madre

Sin embargo, a su madre, a pesar de declararle un amor infinito “Hace tiempo que nadie me pregunta por mi madre. No oigo su nombre en voz alta. No me acuerdo de su voz. Si volviera a oír su voz, tal vez  creyera entonces en la belleza del mundo”, la denosta en numerosas partes del libro, sin ahorrarle ciertas apreciaciones sin duda peyorativas e incluso llega a culparla abiertamente de desencadenar con una inocente llamada de teléfono, su ruptura matrimonial; por lo visto el alcoholismo, sobre el que también se sincera en esta obra, y las múltiples infidelidades que desgrana con cierta displicencia a lo largo de varias páginas no tenían nada que ver.

Hermoso como un antiguo retrato en sepia

Ya para acabar diré que es un libro hermoso en cierto sentido, pero triste, de una tristeza que se asemeja a un antiguo retrato en sepia de una realidad, de unos seres que se fueron y ya nunca volverán a ser. Ordesa es de algún modo la historia de Manuel Vilas, mi historia, la tuya y la de toda una generación de un país llamado España y hay que concederle el mérito de haber sabido plasmarla con maestría a través de estas páginas. En definitiva, Ordesa es un libro apropiado para quien no esté ávido de una novela al uso y prefiera una reflexión pausada acerca de los temas que importan en la vida.

La luna en agosto III (1)

Tras la fuerte discusión

Tras la fuerte discusión mantenida con Alicia, Ignacio había vagabundeado sin rumbo fijo durante un par de días hasta recalar la noche anterior en casa de Emilio, su jefe además de amigo. Llegó muy bebido, a decir de él mismo con una buena cogorza, moña, merluza, melopea, tajada, curda, pedal… se podría decir que conocía todos los sinónimos de borrachera que se encontraban en el diccionario y algunos más. Le dejaron dormir la mona en el sofá y se había despertado, ya por la mañana, en unas condiciones bastante lamentables. Después de todo, se daba cuenta de que no había sido tan buena idea tratar de olvidar sus penas mediante el consumo desenfrenado de bebidas espirituosas. Abundando más en el tema, no había conseguido su principal propósito, ya que seguía recordando punto por punto todo lo ocurrido, siendo además consciente de que tan solo él era culpable por haberse comportado con Alicia como un auténtico zoquete.

Se había comportado como un auténtico zoquete

No había sido capaz de aplacar su bien fundada ira y se sentía bastante preocupado porque lo único que de verdad le importaba se le estaba yendo al garete. Solo sabía que amaba a Alicia, que era lo mejor que había tenido en su vida y que estaba dispuesto a todo con tal de que las cosas volvieran a ser como antes. No entendía cómo ella podía haberse enterado del pequeño devaneo que había tenido mientras ella se ausentó de la ciudad para visitar a su madre enferma. Su política había sido la del avestruz: cada vez que Alicia sacaba el tema él escurría el bulto, creyendo que ella lo olvidaría con facilidad; pero aquella conducta, lejos de apaciguarla, la enfurecía todavía más y terminaban discutiendo a cara de perro. Para agravar más la pesarosa situación por la que pasaba, no podía dejar de reconocer que se sentía culpable independientemente del hecho de que ella lo hubiera descubierto. No había sido fiel a sí mismo y eso lo hacía sentirse incómodo incluso cuando ella callaba, pareciéndole entonces que aquello era un mudo reproche por su parte. Se mostraba ausente y lejano porque se sentía avergonzado por su propio comportamiento y Alicia creía, de forma equivocada, que era porque se habían enfriado sus sentimientos hacia ella. El abismo que los separaba se había ido haciendo cada vez más grande.

El abismo que los separaba se hacía más grande

Lo cierto era que todo había sucedido de una forma bastante casual. Ignacio salió a tomar unas cañas al caer la noche, por ver si se encontraba con alguno de sus colegas del barrio, ya que, tras la marcha de Alicia, la casa se le venía encima. Por pura fatalidad sus amigos no estaban aquella noche. Sin embargo, se topó de cara con un pibón que no se cortó en tirarle los tejos de una forma descarada. Al principio, no fue nada más que un tonteo, sin intención de pasar a mayores, aunque a Ignacio, de manera muy oportuna, se le olvidó mencionar que tenía pareja. Ella fue muy insistente y persuasiva. Ignacio acabó seducido por su perseverancia y su indudable atractivo físico. Si alguno de sus amigos o Alicia hubieran estado cerca de él en ese momento crucial, todo hubiera sido diferente, pero ella se hallaba a muchos kilómetros de distancia y su solo recuerdo no fue suficiente para que Ignacio pusiera freno a sus instintos más primarios.

Imagen: Artbykleyton

Gajos de naranjas

Título: Gajos de naranjas

Autora: Jaqueline Cruz

Género: Erótica, romántica, feminista

Editorial: Círculo Rojo

Idioma: Español

Año de edición: 2014

Formato papel

ISBN: 978-84-9076-934-8

Sinopsis

Sara Saavedra es una profesora universitaria de 41 años que defiende obsesivamente su independencia y su libertad sexual. Convencida de que no existen las «medias naranjas», sino solo «gajos», de que el amor es poco más que «literatura» y de que, antes o del deseo, la mayoría de los hombres están a la caza de una mujer que «los cuide, los mime y les lave la ropa», Sara evita las relaciones de pareja convencionales y se limita a entablar relaciones sexuales, a menudo a través de una página de contactos por Internet. Sin embargo, cuando conoce a Raúl, la intensa atracción que él le despierta pondrá a prueba algunas de sus convicciones más arraigadas. Paralelamente, las interacciones con sus amigos Jaime y Gabriela, y con Laura, la hija de Raúl, le mostrarán otros modos de concebir la pareja, el sexo y la procreación.

Escenas eróticas y animados diálogos se aúnan en esta novela de encuentros y desencuentros que explora e invita a reflexionar sobre las relaciones afectivas en la sociedad española del siglo XXI.

Opinión

Bajo su apariencia de mujer moderna y liberada, Sara, huérfana de madre desde la más tierna infancia y sin padre conocido, esconde un alma herida. A lo largo de toda la historia, la protagonista nos sorprende con dos de sus mantras preferidos: “yo te di, yo te di, yo te di”, por lo tanto “en algún momento me vas a exigir que te  devuelva” y “todo va estar bien, todo va a estar bien, todo va a estar bien”, que representa el miedo cerval que siente ante la amenaza que para ella supondría la pérdida de su independencia (tanto económica como emocional).

Sara tiene varias cuentas pendientes con el pasado y le aterroriza “endeudarse todavía más”. Tiene cuentas con los médicos, a los que odia; con su tía y su primo, que debido a presuntas caridades pasadas, han pretendido hipotecar su vida presente y futura; con su exmarido  controlador, del que no conserva precisamente gratos recuerdos; con la ciudad de Sevilla, de la que huye como de la peste y que siempre contrapone a su Cádiz natal, que en su mente representa “el paraíso perdido” y para terminar, con algunos amantes del pasado que no hicieron sino decepcionarla por su flagrante egoísmo e hipocresía.

En este contexto es cuando conoce a Raúl. Entonces, todos los miedos e inseguridades que tiene Sara afloran de manera inconsciente y quedan reflejados en la pesadilla que revive en sueños de una manera reiterada, pero cuyo desenlace va evolucionando en un inquietante paralelismo con los avances y retrocesos de la “relación” que mantienen ambos en la vida real. Ella, que no está dispuesta a enredarse en compromisos con ningún hombre, se ve en evidencia ante su propia contradicción. No odia a los hombres, tampoco los ama y sin embargo, le gustan, los necesita y no puede vivir sin ellos. Este constituye su verdadero drama, al igual que el de muchas mujeres heterosexuales y feministas de hoy en día que no quieren verse envueltas en una relación convencional de pareja.

En definitiva, por los ingeniosos diálogos, por los planteamientos audaces de las relaciones entre hombres y mujeres y  por las numerosas escenas eróticas que aparecen aquí y allá,  esta novela constituye una lectura divertida, estimulante y amena. La recomiendo totalmente.

La luna en agosto II (2)

Llegó más rápido de lo esperado, ya que por la noche, acaso debido al cansancio acumulado, le había parecido que la distancia era mayor. En cuanto entró en el local la atendió el encargado, un apuesto y rudo muchacho. Sin duda, la presencia de Alicia debió de causarle una honda impresión. Además, en su azoramiento se le notaba la poca costumbre que tenía de tratar con forasteros y menos aún con mujeres, al menos en lo concerniente a temas profesionales. Alberto, que así se llamaba el joven, fue todo lo amable que su parquedad de palabras le permitió. A pesar de que aparentaba casi la misma edad que Alicia, mantuvo las distancias tratándola de usted:

―No, señora, no… Tardará por lo menos una semana y puede que aún se alargue…

Alicia se desplomó de repente

No pudo continuar la frase porque Alicia se desplomó de repente y hubiera caído de bruces al suelo si Alberto no hubiera tenido los reflejos a punto para agarrarla al vuelo.

―¡Toni! ¡Toni! ¡Vete corriendo a avisar al médico! ―le gritó al chico que tenía de ayudante.

Mientras, alzó en brazos a Alicia y la acomodó en el único sillón de su desangelado despacho, por llamar de alguna manera a aquel pequeño antro infecto lleno de trastos inservibles y cubiertos de un polvo más que añejo.

El pobre Alberto no se había visto en otra igual en toda su vida. No sabía qué hacer; le daba suaves palmaditas en la cara al tiempo que le decía en un tono casi suplicante:

―¡Señora! ¡Por favor! Señora… ¿Qué le pasa? ¡Despierte!

Poco a poco, Alicia fue recobrando la consciencia, pero se sentía confundida y algo avergonzada por lo que acababa de sucederle. No sabía qué decir.

Enseguida llegó el doctor

Enseguida llegó el doctor Marcilla, un hombrecillo extraño, entrado ya en años, de aspecto regordete y socarrón. Llevaba un traje de poliéster bastante corriente y desgastado en exceso, de un color beis claro. Prescindía de la corbata, lo más probable a causa del excesivo calor. Quizá ese también era el motivo de que llevara la camisa ―algo ajada, aunque de un blanco inmaculado y sin una sola arruga― con el botón del cuello desabrochado. En conjunto su atuendo resultaba bastante anticuado, al igual que sus modales, haciéndole parecer recién salido de una película costumbrista de los años sesenta. Toni lo había localizado en la pensión, donde tenía por costumbre desayunar todas las mañanas. Por supuesto, María ya lo había puesto al corriente de la accidentada llegada de la forastera la noche anterior y, al parecer, sin ahorrarse ningún detalle. La sometió a un somero examen y no apreció ningún signo digno de reseñar. Tan solo le encontró la tensión algo baja. No obstante, le recomendó que se pasara más adelante por la consulta para realizarle un reconocimiento más exhaustivo. 

―¡Ah…! Por cierto, hágase también una prueba de embarazo; puede que con eso sea más que suficiente ―añadió al despedirse, mientras le guiñaba un ojo.

Con la trasnochada mueca

Tal vez con la trasnochada mueca pretendiera hacerse el simpático. Sin embargo, el efecto conseguido fue justo el contrario y las últimas palabras del médico dejaron a Alicia todavía más desconcertada. En ningún momento de su vida había planeado ser madre, en cierta medida por la oposición que había mostrado siempre Ignacio y que ella había terminado por asumir como propia. Se daba cuenta, si era sincera consigo misma, de que nunca había pensado de forma seria en el tema. Pero ahora la cuestión le surgía de golpe, en el momento más inoportuno, cuando su relación con Ignacio hacía aguas por todas partes y estaba intentando darle un nuevo sentido a su vida. «No puede ser verdad lo que me está ocurriendo», se repetía una y otra vez, como si de una letanía se tratase. Se haría ese maldito análisis, que saldría negativo ―estaba segura―, le arreglarían el coche, saldría zumbando de este pueblo perdido adonde había llegado por puro azar y retomaría de nuevo su vida en el punto en el que la había dejado hacía tan solo veinticuatro horas.

Continúa

Imagen Ryan McGuire

La forma del agua

Título: La forma del agua

Autores: Guillermo del Toro y Daniel Kraus

Género: Fantasía, romántica

Editorial: Umbriel editores

Idioma original inglés. Traducción al español: Antonio Padilla Esteban

Año de edición: 2018

Formato ebook

ISBN: 978-4-17180-21-8

Sinopsis

Título: La forma del agua

Autores: Guillermo del Toro y Daniel Kraus

Género: Fantasía, romántica

Editorial: Umbriel editores

Idioma original inglés. Traducción al español: Antonio Padilla Esteban

Año de edición: 2018

Formato ebook

ISBN: 978-4-17180-21-8

Sinopsis

El visionario cineasta Guillermo del Toro y el renombrado autor Daniel Kraus combinan su formidable talento en una historia de amor tan conmovedora como fascinante. La forma del agua está ambientada en la ciudad de Baltimore en plena Guerra Fría, en el centro de investigación aeroespacial Occam, al que hace poco ha llegado un ser tan extraordinario como potencialmente valioso: un hombre anfibio capturado en el Amazonas.

Lo que sigue es una emotiva historia de amor entre este ser y una de las mujeres de la limpieza en Occam, quien es muda y se comunica con la criatura por medio del lenguaje de signos. Desarrollada desde el primer momento como un rompedor lanzamiento simultáneo —una misma historia recreada por dos artistas en los medios independientes de la literatura y el cine—, La forma del agua entreteje la fantasía, el terror y el género romántico a fin de crear un relato que resulta tan trepidante en el papel como en la gran pantalla. Prepárate para una experiencia distinta a todo cuanto has leído o visto.

Opinión

Vaya por delante que no he visto la película, por lo tanto no incidiré en el tema de cuál de las dos, si la película o la novela está más lograda, ya que carezco de elementos de juicio para ello. En esta reseña, hablaré únicamente de la novela y solo de la novela. Como queda reflejado en la sinopsis, se trata de una narración encantadora y llena  de ternura, muy imaginativa y diferente.

La historia de amor entre una joven que sobrevive a duras penas en una sociedad que la ha marginado desde la cuna y un ser extraordinario, casi mitológico, con poderes que rayan lo sobrenatural, cautiva desde el primer momento. Sin embargo, he de decir que me costó adentrarme en ella debido a las varias tramas secundarias que los autores desarrollan de manera simultánea y con tanta abundancia de detalles, que en algunos momentos logran eclipsar (supongo que no precisamente de manera intencionada) la trama principal. Esto, junto a las descripciones excesivamente minuciosas en ciertos pasajes, hace que el ritmo de la novela sea algo lento, sobre todo en la primera mitad. Es a partir del último tercio cuando comienzan a acelerarse los acontecimientos hasta conducir al desenlace de una manera vertiginosa.

Me gustaría añadir que La forma del agua, además de un canto al amor, es un canto a la amistad y a la libertad, a la vez que un alegato contra la mezquindad del mundo en que vivimos (no importa que esté ambientada en una época que ya creemos superada). Un plus a destacar son las preciosas ilustraciones que por desgracia no se pueda apreciar en todo su esplendor en el formato electrónico, en el cual yo he leído el libro.

Como nota negativa diré que el texto está plagado de leísmos (utilizados para el femenino), lo que me desagrada bastante, además de ser incorrecto desde el punto de vista gramatical. Puesto que el original está escrito en inglés, supongo que esto es achacable únicamente al traductor, aunque considero que una buena corrección debería haberlos eliminado de raíz.

Ya y como conclusión,  siempre en mi modesta opinión, lo mejor del libro es el final, hasta cierto punto sorpresivo para una novela en la que predomina la vertiente romántica por encima de las demás.

La luna en agosto II (1)

La habitación era pequeña, pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora

Alicia se despertó temprano, pero se quedó remoloneando durante un buen rato antes de levantarse. Todavía se encontraba muy cansada, ya que su sueño había sido poco reparador. Cuando al fin consiguió abrir los ojos se encontró, para su sorpresa, en un espacio bastante agradable. La habitación era pequeña, pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora a pesar de su aire sencillo y rústico. La desagradable impresión que había percibido la víspera quedó desvanecida por completo. 

Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón

A eso de las nueve, por fin se levantó. Pero ni una ducha revitalizadora ni una cuidadosa labor de restauración a base de sus cosméticos preferidos pudieron contrarrestar los estragos causados por la mala noche pasada. Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón, que no pasó en absoluto desapercibido a la perspicaz María, quien, aunque no era mujer de mundo, tenía ya mucho vivido a sus espaldas. Comenzó a tomar el desayuno con ganas, pero apenas había comenzado cuando sintió una repentina náusea que la hizo correr a toda prisa al aseo. Al salir, en lugar de retornar a la mesa, se encaminó a la calle. Mientras se dirigía hacia la puerta del establecimiento, todavía con la cara enrojecida y los ojos llorosos por el esfuerzo del vómito, su mirada se cruzó con la de la hostelera y le pareció encontrar en ella un atisbo de desaprobación cuya razón fue incapaz de comprender. Como se marchó de forma tan precipitada, no pudo oír el comentario que esta le hizo a la cocinera, en voz no demasiado baja, aunque, eso sí, en un tono más que confidencial:

―Una mujer en su estado no debería viajar sola, ¿no le parece? ―La cocinera se limitó a encogerse de hombros.

La experiencia de deambular sin prisa le resultó muy estimulante

Una vez fuera, se dirigió al taller de coches, haciendo el mismo recorrido de la noche anterior pero en sentido inverso. A pleno sol pudo apreciar mucho mejor el aspecto tan típico del pueblo, con estrechas calles flanqueadas por casas bajas de, a lo sumo, dos o tres alturas, en cuyas fachadas predominaba el color blanco. Los balcones y portales estaban rebosantes de geranios y petunias multicolores, flores que tan bien se dan en los climas mediterráneos. Se lamentó por no haberse puesto un calzado más cómodo, ya que los tacones se le clavaban en las juntas del empedrado y le resultaba difícil caminar. A pesar de aquella pequeña contrariedad, la experiencia de deambular sin prisa, fuera casi del tiempo, en medio del silencio y el agradable frescor matinal, le resultó reconfortante, sobre todo teniendo en cuenta la tensión vivida durante las últimas horas.

Continúa

La luna en agosto. I (2)

Se trataba de su grúa

En efecto, se trataba de su grúa, que estacionó delante de ella. Después, bajó el operario, un hombre de mediana edad, rondando el metro ochenta de estatura. Era tirando a delgado, aunque tenía la barriga algo prominente. Su fisonomía, no obstante, era anodina, sin ningún rasgo remarcable, a excepción de una calva esplendorosa y una descuidada barba entrecana de tres o cuatro días. Vestía el típico mono de mecánico bastante rozado en cuello y mangas y con algún que otro lamparón atribuible al noble desempeño de su profesión, pero que con la luz crepuscular quedaba disimulado. Le tendió a Alicia su manaza, al tiempo que se presentaba. Ella correspondió al contundente saludo de forma cortés, aunque con cierta indiferencia. A continuación, intercambiaron unas breves palabras y él se dispuso a cargar el coche. A pesar de que se le veía diestro en el oficio, todavía tardó unos minutos en culminar la operación. Después ayudó a Alicia a subir a la cabina y, tras dar la vuelta, partieron hacia Fontina, último pueblecito por donde ella había pasado unos minutos antes de sufrir el percance y al que no le hacía demasiada gracia volver. Sin embargo, no tenía elección. El siguiente lugar habitable, Valdetoro, se encontraba a unos cincuenta kilómetros y la carretera era pésima. El gruista no había querido siquiera contemplarlo como una opción.

Ha tenido usted suerte

―Aún ha tenido usted suerte ―le confió en un alarde de sinceridad al ver su mueca de disgusto―. Normalmente no hay grúa en Fontina. De no haber yo estado allí, usted hubiera tenido que esperar a que la recogieran desde Valdetoro y no le habría quedado más remedio que pasar la noche en el monte.

Por ese día había tenido más de lo que podía soportar

Dadas las circunstancias, Alicia, que por ese día ya había tenido mucho más de lo que creía poder soportar, se dejó conducir hasta Fontina sin poner ningún impedimento. Para cuando llegaron era noche cerrada. El ambiente se había tornado ventoso y desapacible: se presagiaba tormenta. Paco, que así se llamaba el hombre, descargó el coche a las puertas del taller, que ya se hallaba cerrado, dado lo tardío de la hora. Tras ayudarla a recoger sus cosas, se ofreció a acompañarla al hostal donde él mismo se alojaba y que era el único existente en la pequeña localidad. Solo tardaron unos minutos en completar a pie el recorrido.
―¡María! ¡María! ¡Aquí te traigo una nueva clienta! ―bramó al entrar en la posada.
La dueña, que estaba repasando con la cocinera los últimos detalles del menú del día siguiente, acudió con prontitud al mostrador. Era una mujer de edad indefinida, enjuta y de rostro algo apergaminado. Sin embargo, sus ojos eran cálidos y vivarachos y su sonrisa afable. Se desvivió por atender a Alicia.
―¿Ha cenado usted ya? ―le preguntó solícita detrás del mostrador.
Alicia, sin mucho énfasis, puso a la mujer en antecedentes de lo sucedido. La posadera le ofreció una cena fría con la disculpa de que la cocina ya estaba recogida. Ella cenó sin demasiado apetito, pues se encontraba algo destemplada por los nervios pasados, pero notó cómo se le iba entonando el cuerpo mientras comía y, sobre todo, con el vaso de leche caliente con cacao que la servicial mujer le ofreció como colofón a falta de un postre mejor.

Se durmió de puro cansancio

Ya rendida, subió a su habitación, que le pareció pequeña y desaliñada bajo la mortecina luz de la lámpara. A pesar de ello, las sábanas se veían limpias y la cama acogedora, invitándola a echarse en ella, cosa que no dudó en hacer. Se durmió de puro cansancio en cuanto se hubo acostado, pero su sueño fue inquieto. Estaba intranquila por todo lo acontecido y no paraba de dar vueltas en la cama. Se encontraba en ese limbo por el que todos hemos pasado alguna vez, ese duermevela, esa frontera entre el sueño y la vigilia en la que somos conscientes de que dormimos y por lo tanto no estamos del todo dormidos. La violenta tormenta que se desencadenó en plena madrugada se introdujo de forma subrepticia en su sueño, contribuyendo a hacerlo todavía más desasosegado.

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La luna en agosto. I (1)

Se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir

Alicia paró su coche tan pronto como pudo en el arcén. Suerte había tenido de poder detener el automóvil sin sufrir males mayores. No obstante, se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir y que trastocaba por completo todos sus planes. Por eso no pudo reprimir un «¡Mieeeerda!» que escapó en voz alta de sus labios, al tiempo que daba un puñetazo rabioso en el salpicadero. El imbécil del todoterreno, que la había adelantado de aquella forma tan temeraria, había estrellado por accidente un guijarro sobre su luna delantera. De repente había sentido un ruido fulminante, como un disparo, y del centro del impacto sobre su parabrisas surgieron al instante mil rayas que formaron una estrella, impidiéndole la visibilidad y obligándola a detenerse.

No había prescindido de su teléfono móvil

A pesar de su afán de cortar lazos con el mundo, y en contra de su impulso inicial, no había prescindido de su teléfono móvil, decisión de la cual ahora se alegraba hasta extremos inimaginables. Lo encendió y vio, no sin cierta sensación de fastidio, que tenía un montón de mensajes, todos ellos procedentes de un mismo contacto. Por el momento prefirió seguir ignorando su contenido. Agradeció al dios de las telecomunicaciones el hecho de poder contar con una buena cobertura y realizó la llamada al número de la asistencia en carretera, procurando dar su situación al empleado que la atendió de la forma más exacta que pudo. Este le contestó que le enviaría una grúa lo antes posible. Sin embargo, dado el lugar tan remoto donde se encontraba, no le podía siquiera aproximar el tiempo que iba a tardar. Resignada a esperar cuanto hiciera falta, Alicia cogió la botella de agua, de la que apenas faltaban un par de sorbos, y bajó del coche para resguardarse del ardiente sol veraniego bajo la sombra del único pino de buen tamaño que encontró en las proximidades.

Se había levantado algo de brisa

Era media tarde y, aunque hacía bastante calor, se había levantado algo de brisa que arrastraba algunas nubes consigo y anunciaba de manera prematura los aromas del otoño. Ahora, encallada en aquella carretera desierta a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de iniciar. Era cierto que las cosas con Ignacio no marchaban bien, sobre todo desde que empezó a sospechar que había otra. Bueno, más que una sospecha, era casi una certeza. Reconocía que su actitud había sido poco inteligente y demasiado visceral. Corroída por los celos, se había dedicado a hacerle la vida imposible, intentando controlar todas sus llamadas y todas sus idas y venidas, y sometiéndolo a interminables interrogatorios en los que tan solo obtenía de él un terco silencio al que seguía, en la mayor parte de las ocasiones, una violenta discusión. La de hacía dos días había sido la definitiva. Ignacio se había marchado dando un portazo y no había vuelto a saber de él salvo por los mensajes telefónicos, todos ellos de este mismo día, que acababa de ver en su teléfono.

Aquella terrible riña

Mientras iba pensando todas esas cosas, se habían callado las chicharras y había comenzado a anochecer. Llevaba esperando un buen rato. Ya eran las nueve pasadas. El aire se había tornado un poco más fresco y empezaba a sentir algo de frío, de modo que volvió al coche en busca de cobijo. Encendió la radio y, tras varios intentos fallidos, consiguió sintonizar una emisora en la que sonaba la voz de Serrat entonando una nostálgica y triste canción:

Llueeeeeeve,

detrás de los cristaaaaaales, llueve y llueeeeeeve

sobre los chopos medio deshojaaaaaados,

sobre los pardos tejaaaaaados,

sobre los campos llueeeeeve.

Seguía en pleno ataque de melancolía cuando de pronto vio aproximarse por el retrovisor a un vehículo grande. «Estoy salvada», pensó con alivio.

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