Avelina Chinchilla

Escritora

Por todos los onces de septiembre

Lo peor de todo no es nada

y todo es siempre lo peor

Vicente gaos

Del libro Paisajes propios y extraños

Hoy es ayer y es mañana.

Hoy es todos los días.

Los muertos de hoy son los de siempre.

Las razones de hoy son las mismas

que las de ayer y de mañana.

La razón no es razón.

¡No hay razón!

Sólo sombras en la oscuridad,

débiles fantasmas que intentan remover

nuestras conciencias apagadas.

Los muertos de hoy son nuestros hijos,

al igual que los muertos de siempre.

Algunos tienen la suerte de morir de golpe

en un minuto, en un segundo.

Otros pasan su vida en agonía lenta,

muriendo poco a poco,

desintegrándose cada átomo de su esencia,

Esperando el consuelo de una muerte

 que no llega.

¡Muertos en vida!

Muertos que ya sólo quieren estar muertos.

Y los muertos de hoy son nuestros hijos

y los muertos de siempre son nuestros hijos.

¡Oh vida! Madre y madrastra.

La forma del agua

Título: La forma del agua

Autores: Guillermo del Toro y Daniel Kraus

Género: Fantasía, romántica

Editorial: Umbriel editores

Idioma original inglés. Traducción al español: Antonio Padilla Esteban

Año de edición: 2018

Formato ebook

ISBN: 978-4-17180-21-8

Sinopsis

Título: La forma del agua

Autores: Guillermo del Toro y Daniel Kraus

Género: Fantasía, romántica

Editorial: Umbriel editores

Idioma original inglés. Traducción al español: Antonio Padilla Esteban

Año de edición: 2018

Formato ebook

ISBN: 978-4-17180-21-8

Sinopsis

El visionario cineasta Guillermo del Toro y el renombrado autor Daniel Kraus combinan su formidable talento en una historia de amor tan conmovedora como fascinante. La forma del agua está ambientada en la ciudad de Baltimore en plena Guerra Fría, en el centro de investigación aeroespacial Occam, al que hace poco ha llegado un ser tan extraordinario como potencialmente valioso: un hombre anfibio capturado en el Amazonas.

Lo que sigue es una emotiva historia de amor entre este ser y una de las mujeres de la limpieza en Occam, quien es muda y se comunica con la criatura por medio del lenguaje de signos. Desarrollada desde el primer momento como un rompedor lanzamiento simultáneo —una misma historia recreada por dos artistas en los medios independientes de la literatura y el cine—, La forma del agua entreteje la fantasía, el terror y el género romántico a fin de crear un relato que resulta tan trepidante en el papel como en la gran pantalla. Prepárate para una experiencia distinta a todo cuanto has leído o visto.

Opinión

Vaya por delante que no he visto la película, por lo tanto no incidiré en el tema de cuál de las dos, si la película o la novela está más lograda, ya que carezco de elementos de juicio para ello. En esta reseña, hablaré únicamente de la novela y solo de la novela. Como queda reflejado en la sinopsis, se trata de una narración encantadora y llena  de ternura, muy imaginativa y diferente.

La historia de amor entre una joven que sobrevive a duras penas en una sociedad que la ha marginado desde la cuna y un ser extraordinario, casi mitológico, con poderes que rayan lo sobrenatural, cautiva desde el primer momento. Sin embargo, he de decir que me costó adentrarme en ella debido a las varias tramas secundarias que los autores desarrollan de manera simultánea y con tanta abundancia de detalles, que en algunos momentos logran eclipsar (supongo que no precisamente de manera intencionada) la trama principal. Esto, junto a las descripciones excesivamente minuciosas en ciertos pasajes, hace que el ritmo de la novela sea algo lento, sobre todo en la primera mitad. Es a partir del último tercio cuando comienzan a acelerarse los acontecimientos hasta conducir al desenlace de una manera vertiginosa.

Me gustaría añadir que La forma del agua, además de un canto al amor, es un canto a la amistad y a la libertad, a la vez que un alegato contra la mezquindad del mundo en que vivimos (no importa que esté ambientada en una época que ya creemos superada). Un plus a destacar son las preciosas ilustraciones que por desgracia no se pueda apreciar en todo su esplendor en el formato electrónico, en el cual yo he leído el libro.

Como nota negativa diré que el texto está plagado de leísmos (utilizados para el femenino), lo que me desagrada bastante, además de ser incorrecto desde el punto de vista gramatical. Puesto que el original está escrito en inglés, supongo que esto es achacable únicamente al traductor, aunque considero que una buena corrección debería haberlos eliminado de raíz.

Ya y como conclusión,  siempre en mi modesta opinión, lo mejor del libro es el final, hasta cierto punto sorpresivo para una novela en la que predomina la vertiente romántica por encima de las demás.

Oda al insomnio

Cada noche es un desierto

que atravieso en soledad.

En el que me creo la única existente,

en el que pierdo la esperanza

de que una vez más

me vaya a rescatar el sol de la mañana.

Sé que me aguarda un túnel oscuro

en el que me adentraré mientras (des)espero.

Quiero apartar de mí estas tinieblas

que me envuelven en la agonía.

Trato de olvidarme de mí, de todo.

Olvidarme y perderme en ese espacio

que se me antoja como un pozo sin fondo.

Sé que luchar no sirve de nada:

es mejor dejarse vencer hacia lo hondo

sin oponer resistencia.

La espera será así más llevadera

hasta que un tenue rayo de luz crepuscular

me libere de la noche sin fin.

La aurora, sin embargo, tampoco es hermosa…

La luna en agosto II (1)

La habitación era pequeña, pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora

Alicia se despertó temprano, pero se quedó remoloneando durante un buen rato antes de levantarse. Todavía se encontraba muy cansada, ya que su sueño había sido poco reparador. Cuando al fin consiguió abrir los ojos se encontró, para su sorpresa, en un espacio bastante agradable. La habitación era pequeña, pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora a pesar de su aire sencillo y rústico. La desagradable impresión que había percibido la víspera quedó desvanecida por completo. 

Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón

A eso de las nueve, por fin se levantó. Pero ni una ducha revitalizadora ni una cuidadosa labor de restauración a base de sus cosméticos preferidos pudieron contrarrestar los estragos causados por la mala noche pasada. Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón, que no pasó en absoluto desapercibido a la perspicaz María, quien, aunque no era mujer de mundo, tenía ya mucho vivido a sus espaldas. Comenzó a tomar el desayuno con ganas, pero apenas había comenzado cuando sintió una repentina náusea que la hizo correr a toda prisa al aseo. Al salir, en lugar de retornar a la mesa, se encaminó a la calle. Mientras se dirigía hacia la puerta del establecimiento, todavía con la cara enrojecida y los ojos llorosos por el esfuerzo del vómito, su mirada se cruzó con la de la hostelera y le pareció encontrar en ella un atisbo de desaprobación cuya razón fue incapaz de comprender. Como se marchó de forma tan precipitada, no pudo oír el comentario que esta le hizo a la cocinera, en voz no demasiado baja, aunque, eso sí, en un tono más que confidencial:

―Una mujer en su estado no debería viajar sola, ¿no le parece? ―La cocinera se limitó a encogerse de hombros.

La experiencia de deambular sin prisa le resultó muy estimulante

Una vez fuera, se dirigió al taller de coches, haciendo el mismo recorrido de la noche anterior pero en sentido inverso. A pleno sol pudo apreciar mucho mejor el aspecto tan típico del pueblo, con estrechas calles flanqueadas por casas bajas de, a lo sumo, dos o tres alturas, en cuyas fachadas predominaba el color blanco. Los balcones y portales estaban rebosantes de geranios y petunias multicolores, flores que tan bien se dan en los climas mediterráneos. Se lamentó por no haberse puesto un calzado más cómodo, ya que los tacones se le clavaban en las juntas del empedrado y le resultaba difícil caminar. A pesar de aquella pequeña contrariedad, la experiencia de deambular sin prisa, fuera casi del tiempo, en medio del silencio y el agradable frescor matinal, le resultó reconfortante, sobre todo teniendo en cuenta la tensión vivida durante las últimas horas.

Continúa

Enero

Mi corazón era duro acero

hasta que te cruzaste en mi vida           

en aquel, ya tan remoto día,           

soleado y frío de enero.          

 

Me creía hecha de puro hielo,           

pero cuando tu piel rozó con la mía,           

al leve aleteo de tu caricia,           

me derretí y me abrasé por dentro,   

        

con una llamarada tan viva           

que prendió para siempre mi corazón,           

que no se agota y arde todavía.     

      

Y sé, que hasta el fin de mis días           

sentiré vivo y palpitante este amor           

que nació años atrás, como una primicia.

La luna en agosto. I (2)

Se trataba de su grúa

En efecto, se trataba de su grúa, que estacionó delante de ella. Después, bajó el operario, un hombre de mediana edad, rondando el metro ochenta de estatura. Era tirando a delgado, aunque tenía la barriga algo prominente. Su fisonomía, no obstante, era anodina, sin ningún rasgo remarcable, a excepción de una calva esplendorosa y una descuidada barba entrecana de tres o cuatro días. Vestía el típico mono de mecánico bastante rozado en cuello y mangas y con algún que otro lamparón atribuible al noble desempeño de su profesión, pero que con la luz crepuscular quedaba disimulado. Le tendió a Alicia su manaza, al tiempo que se presentaba. Ella correspondió al contundente saludo de forma cortés, aunque con cierta indiferencia. A continuación, intercambiaron unas breves palabras y él se dispuso a cargar el coche. A pesar de que se le veía diestro en el oficio, todavía tardó unos minutos en culminar la operación. Después ayudó a Alicia a subir a la cabina y, tras dar la vuelta, partieron hacia Fontina, último pueblecito por donde ella había pasado unos minutos antes de sufrir el percance y al que no le hacía demasiada gracia volver. Sin embargo, no tenía elección. El siguiente lugar habitable, Valdetoro, se encontraba a unos cincuenta kilómetros y la carretera era pésima. El gruista no había querido siquiera contemplarlo como una opción.

Ha tenido usted suerte

―Aún ha tenido usted suerte ―le confió en un alarde de sinceridad al ver su mueca de disgusto―. Normalmente no hay grúa en Fontina. De no haber yo estado allí, usted hubiera tenido que esperar a que la recogieran desde Valdetoro y no le habría quedado más remedio que pasar la noche en el monte.

Por ese día había tenido más de lo que podía soportar

Dadas las circunstancias, Alicia, que por ese día ya había tenido mucho más de lo que creía poder soportar, se dejó conducir hasta Fontina sin poner ningún impedimento. Para cuando llegaron era noche cerrada. El ambiente se había tornado ventoso y desapacible: se presagiaba tormenta. Paco, que así se llamaba el hombre, descargó el coche a las puertas del taller, que ya se hallaba cerrado, dado lo tardío de la hora. Tras ayudarla a recoger sus cosas, se ofreció a acompañarla al hostal donde él mismo se alojaba y que era el único existente en la pequeña localidad. Solo tardaron unos minutos en completar a pie el recorrido.
―¡María! ¡María! ¡Aquí te traigo una nueva clienta! ―bramó al entrar en la posada.
La dueña, que estaba repasando con la cocinera los últimos detalles del menú del día siguiente, acudió con prontitud al mostrador. Era una mujer de edad indefinida, enjuta y de rostro algo apergaminado. Sin embargo, sus ojos eran cálidos y vivarachos y su sonrisa afable. Se desvivió por atender a Alicia.
―¿Ha cenado usted ya? ―le preguntó solícita detrás del mostrador.
Alicia, sin mucho énfasis, puso a la mujer en antecedentes de lo sucedido. La posadera le ofreció una cena fría con la disculpa de que la cocina ya estaba recogida. Ella cenó sin demasiado apetito, pues se encontraba algo destemplada por los nervios pasados, pero notó cómo se le iba entonando el cuerpo mientras comía y, sobre todo, con el vaso de leche caliente con cacao que la servicial mujer le ofreció como colofón a falta de un postre mejor.

Se durmió de puro cansancio

Ya rendida, subió a su habitación, que le pareció pequeña y desaliñada bajo la mortecina luz de la lámpara. A pesar de ello, las sábanas se veían limpias y la cama acogedora, invitándola a echarse en ella, cosa que no dudó en hacer. Se durmió de puro cansancio en cuanto se hubo acostado, pero su sueño fue inquieto. Estaba intranquila por todo lo acontecido y no paraba de dar vueltas en la cama. Se encontraba en ese limbo por el que todos hemos pasado alguna vez, ese duermevela, esa frontera entre el sueño y la vigilia en la que somos conscientes de que dormimos y por lo tanto no estamos del todo dormidos. La violenta tormenta que se desencadenó en plena madrugada se introdujo de forma subrepticia en su sueño, contribuyendo a hacerlo todavía más desasosegado.

Continúa

La luna en agosto. I (1)

Se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir

Alicia paró su coche tan pronto como pudo en el arcén. Suerte había tenido de poder detener el automóvil sin sufrir males mayores. No obstante, se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir y que trastocaba por completo todos sus planes. Por eso no pudo reprimir un «¡Mieeeerda!» que escapó en voz alta de sus labios, al tiempo que daba un puñetazo rabioso en el salpicadero. El imbécil del todoterreno, que la había adelantado de aquella forma tan temeraria, había estrellado por accidente un guijarro sobre su luna delantera. De repente había sentido un ruido fulminante, como un disparo, y del centro del impacto sobre su parabrisas surgieron al instante mil rayas que formaron una estrella, impidiéndole la visibilidad y obligándola a detenerse.

No había prescindido de su teléfono móvil

A pesar de su afán de cortar lazos con el mundo, y en contra de su impulso inicial, no había prescindido de su teléfono móvil, decisión de la cual ahora se alegraba hasta extremos inimaginables. Lo encendió y vio, no sin cierta sensación de fastidio, que tenía un montón de mensajes, todos ellos procedentes de un mismo contacto. Por el momento prefirió seguir ignorando su contenido. Agradeció al dios de las telecomunicaciones el hecho de poder contar con una buena cobertura y realizó la llamada al número de la asistencia en carretera, procurando dar su situación al empleado que la atendió de la forma más exacta que pudo. Este le contestó que le enviaría una grúa lo antes posible. Sin embargo, dado el lugar tan remoto donde se encontraba, no le podía siquiera aproximar el tiempo que iba a tardar. Resignada a esperar cuanto hiciera falta, Alicia cogió la botella de agua, de la que apenas faltaban un par de sorbos, y bajó del coche para resguardarse del ardiente sol veraniego bajo la sombra del único pino de buen tamaño que encontró en las proximidades.

Se había levantado algo de brisa

Era media tarde y, aunque hacía bastante calor, se había levantado algo de brisa que arrastraba algunas nubes consigo y anunciaba de manera prematura los aromas del otoño. Ahora, encallada en aquella carretera desierta a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de iniciar. Era cierto que las cosas con Ignacio no marchaban bien, sobre todo desde que empezó a sospechar que había otra. Bueno, más que una sospecha, era casi una certeza. Reconocía que su actitud había sido poco inteligente y demasiado visceral. Corroída por los celos, se había dedicado a hacerle la vida imposible, intentando controlar todas sus llamadas y todas sus idas y venidas, y sometiéndolo a interminables interrogatorios en los que tan solo obtenía de él un terco silencio al que seguía, en la mayor parte de las ocasiones, una violenta discusión. La de hacía dos días había sido la definitiva. Ignacio se había marchado dando un portazo y no había vuelto a saber de él salvo por los mensajes telefónicos, todos ellos de este mismo día, que acababa de ver en su teléfono.

Aquella terrible riña

Mientras iba pensando todas esas cosas, se habían callado las chicharras y había comenzado a anochecer. Llevaba esperando un buen rato. Ya eran las nueve pasadas. El aire se había tornado un poco más fresco y empezaba a sentir algo de frío, de modo que volvió al coche en busca de cobijo. Encendió la radio y, tras varios intentos fallidos, consiguió sintonizar una emisora en la que sonaba la voz de Serrat entonando una nostálgica y triste canción:

Llueeeeeeve,

detrás de los cristaaaaaales, llueve y llueeeeeeve

sobre los chopos medio deshojaaaaaados,

sobre los pardos tejaaaaaados,

sobre los campos llueeeeeve.

Seguía en pleno ataque de melancolía cuando de pronto vio aproximarse por el retrovisor a un vehículo grande. «Estoy salvada», pensó con alivio.

Continúa

Sillas vacías

Ahora que nuevamente llega la Navidad

Ahora que nuevamente llega la Navidad, vuelven hasta mí los ecos de aquellas de mi infancia en las que fui tan feliz. Toda la familia reunida en la mesa y los primos, que apenas si nos veíamos el resto del año, jugando durante tardes enteras en torno al viejo diván de la abuela. Los mayores, atareados con los preparativos de la cocina  o inmersos en interminables conversaciones nos olvidaban dejándonos alborotar con juegos imposibles o simplemente prohibidos el resto del año. Los niños destilábamos ilusión por todos nuestros poros. Ilusión por lo significado de la fecha e ilusión por todo lo con ella relacionado, el belén, los villancicos, las reuniones familiares, las estrenas y, por supuesto, los Reyes. Nada que ver nuestros modestos juguetes de entonces con el derroche y la ostentación actuales. Pero nosotros éramos felices y creíamos que los mayores también lo eran, y eso acrecentaba si cabe nuestro gozo.

Llegaron los años de la adolescencia y primera juventud

Pero yo crecí y llegaron los años de la adolescencia y primera juventud. La fiesta que antaño me había parecido tan maravillosa, de pronto se desvaneció. Comencé a ver su trastienda y no me gustó. Ni todos éramos tan felices, ni todos nos amábamos tanto, ni era real tanta paz y armonía. Me sentí estafada y me convertí en una descreída de la Navidad. En ese descreimiento siguieron pasando los años, y yo también fui madre. En mis hijos volví a ver el reflejo de aquellos gozosos años de mi infancia en los que yo amaba la Navidad por encima de todo y, por amor a mis hijos, me reconcilié con ella. Me di cuenta de que aunque todas las relaciones, incluidas las familiares, pueden pasar por momentos difíciles, la Navidad, mas allá de manipulaciones sociológicas o comerciales son un momento excelente para compartirlo con aquellos a quienes amamos. Aunque de una forma mucho mas crítica en la que ya no cabe la entrega total, hace ya algunos años que ha vuelto a mí el espíritu navideño.

El homenaje, el recuerdo amable, fuera de todo dramatismo de los ausentes

Pero es ahora, ya en la madurez, cuando en nuestra mesa familiar comienza a haber  alguna silla vacía, cuando le encuentro a la Navidad un sentido nuevo y absolutamente insospechado hasta este momento.  El homenaje, el recuerdo amable, fuera de todo dramatismo de los ausentes. Resulta reconfortante, cuando sabes que ya no volverás a estar con él, recordar de forma entrañable y entre bromas lo mucho que a papá le gustaba tal cosa o lo mucho que le disgustaba tal otra. Lejos ya del lacerante dolor por la pérdida, el recuerdo perdurará año tras año, en parte gracias a la Navidad.

Desde el mismo andén

Me bajo del tren sin mirar atrás

Me bajo del tren sin mirar atrás, igual que me había marchado aquel día de hacía casi veinticinco años con una escueta maleta en la que cabía lo poco que quise llevarme de esa casa a la que nunca pude considerar un hogar. Unas gafas de sol pasadas de moda me ayudaban a ocultar el ojo morado, aún en carne viva, y que me avergonzaba a cada pulsación que sentía. Me avergonzaba porque me hacía creer que era tan poca cosa, porque me recordaba todas las humillaciones que había sido capaz de aguantar con absoluta pasividad, llegando a convencerme de que no merecía nada mejor.

Precisamente aquel día hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban

Hasta aquel día. Precisamente aquel día hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban, arramblé con todo el dinero que pude, unas diecinueve mil pesetas entre billetes y calderilla, y me fui dejándolo todo atrás, dispuesta a empezar una nueva vida lejos de aquello que había conocido. Sabía que tenía que partir de cero. Nada de lo anterior me era querido. No lo necesitaba. No me importaba a dónde ir. Simplemente, al llegar a la taquilla pedí billete para el primer tren que saliera.

Aquel tren que tomé al azar me condujo a Madrid

No tomé la decisión de manera consciente porque para ello se necesita voluntad, algo de lo que yo carecía. Fue cosa de mi instinto de supervivencia que, sin darme yo cuenta, tomó el mando de la situación cuando ya me sentía totalmente derrotada. Aquel tren que tomé al azar me condujo a Madrid, ciudad en la que nunca antes había estado. Cuando bajé en Atocha, sentí que ese nudo gordiano que era la estación representaba la encrucijada de mi vida. Estaba desorientada y no sabía hacia a dónde dirigirme. Busque un hostal barato en los alrededores, con la intención de que el dinero me cundiera al máximo. La cuestión económica me acuciaba y sabía que necesitaba un trabajo. Por casualidad, en la pensión donde me hospedé buscaban una chica para ayudar en la limpieza. Me pareció que aquello era una buena señal. Una señal de que mi suerte iba cambiar y acepté. El sueldo no era muy bueno, pero el alojamiento y la manutención estaban incluidos. Además contaba con un día libre a la semana para darme una vuelta por el Retiro. Sabía que eso me bastaba para comenzar de nuevo.

Era duro para una joven como yo

Tampoco recuerdo esa época con demasiada nostalgia y no caeré en el error de decir que me fue fácil salir adelante. Era duro para una joven como yo: sin formación, sin parientes, sin amigos. La soledad, el no poder contar con nadie de mi confianza, hacía que todas las noches me durmiera llorando. Pero con paciencia y tesón lo logré. Poco a poco, paso a paso. Al cabo de un tiempo conseguí un empleo mejor. El día que pude mudarme a mi pequeño piso de alquiler me encontraba exultante. ¿Era felicidad? No lo creo, pero se le parecía. Desde entonces solo hice que prosperar y vivir a mi aire. De manera modesta, pero sin ningún hombre cerca que pudiera mangonearme.

Respirar por última vez este aire cargado de salitre


Hasta hoy. Han pasado casi veinticinco años. Y desde el mismo andén de entonces veo que todo ha cambiado. Yo misma he cambiado. Aún no soy vieja pero lo parezco: no he llevado una vida entre algodones y se nota. El cáncer terminal que me diagnosticaron hace seis meses ha acabado de rematar la faena. Mi piel se ha surcado de arrugas de manera repentina. He ganado mucho peso por culpa de esos tratamientos hormonales y me siento tan cansada… Me duele el cuerpo entero. Y por eso he vuelto a mi ciudad, porque ya me han desahuciado y quiero morir aquí. Respirar por última vez este aire cargado de salitre, llenarme los pulmones con él, sentir sobre mi piel la caricia de la brisa bajo la luz dorada del sol. Quiero mecerme hasta dormirme entre las olas del Mediterráneo, el mar de mi infancia: la única época que verdaderamente añoro.

Diario de una escritora inoportuna (3)

Día de elecciones

Hoy que los españoles volvemos a las urnas, tengo un momento de sosiego en mi ajetreada vida para retomar este diario, un tanto abandonado muy a mi pesar, y hacer una pequeña reflexión.

Mucho y nada ha pasado desde la anterior cita electoral del 28 de abril

Mucho y nada ha pasado desde la anterior cita electoral del 28 de abril. El gobierno progresista que muchos deseábamos no pudo ser y estamos de nuevo ante la disyuntiva de elegir a nuestros representantes para el Congreso y el Senado. Sé que la desilusión y el hastío están presentes en una gran parte del pueblo, yo misma incluida. Pero me gustaría que este desencanto no nos hiciera perder la perspectiva y que toda la ciudadanía fuera consciente de los mucho que nos jugamos en este día.

Nos jugamos seguir avanzando como país

Nos jugamos seguir avanzando como país o involucionar hasta extremos que los más jóvenes ni siquiera podrían imaginar. Nos jugamos la libertad y la democracia más que nunca. No me gusta el alarmismo, pero esto se convierte en realidad cuando hay un partido político que está pidiendo la ilegalización de otros simplemente porque tiene un ideario diferente del suyo y amenaza en TV con meter a sus dirigentes en la cárcel si llegara a gobernar.

Nos jugamos seguir avanzando en feminismo, cuando hay partidos políticos que siguen repitiendo como un mantra que la violencia de género no existe. Como si el enorme número de mujeres muertas a manos de su parejas o exparejas no hubiera superado ya con creces el de las víctimas de la sangrienta ETA.

Nos jugamos la sanidad y la educación públicas

Nos jugamos la sanidad y la educación públicas, que los sectores liberales quieren matar de inanición negándoles los recursos que necesitan para prestar sus servicios a la población de manera digna. Nos jugamos también las pensiones de nuestros mayores (y las nuestras como resulta obvio) y por qué no decirlo: el futuro de nuestros hijos.

Me gustaría que votásemos a favor

Por todo lo anterior me gustaría también que votásemos a favor de lo que creemos que convertiría a España en un país mejor para nosotros mismos, para nuestros mayores, para nuestros descendientes y para toda la población en general. Un país que avance en lo social, donde tengan cabida la libertad y la tolerancia. Un país que respete a las mujeres como iguales en sus derechos a los hombres. Un país que no persiga a nadie por tener un color de piel o un origen diferente y en el que la religión y la tendencia sexual de cada uno solo importe en la intimidad. Solo hay que creer que ese país es posible.

Dejad el despecho en casa

Por el contrario y ya para terminar, no me gustaría que se votase por odio ni en contra de nadie. El despecho, por favor, dejadlo en casa, porque no nos ayudará a tomar una buena decisión. Recordad, hoy decidimos qué país queremos. Queramos el mejor.

Continúa

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