Escritora

El mas de l’arriscat

Concurso exprés Halloween de Páginas en la lluvia

Décimo puesto en el Concurso exprés de Halloween para Avelina Chinchilla Rodríguez y su relato El mas de l’Arriscat. Fantástico!!EL MAS DE L’ARRISCAT.

La carretera se estrechaba

La carretera se estrechaba mientras ascendía zigzagueante hacia el caserón. «Si quiero vivir aquí, no me quedará más remedio que acostumbrarme a estas curvas», pensó mientras ponía los cinco sentidos en el diabólico trazado.

Al subir una empinada cuesta pudo vislumbrar una tapia deslucida por el tiempo por la que sobresalían unos cuantos cipreses. Dedujo que se trataría de un cementerio. El lugar resultaba extraño para su ubicación, demasiado remoto, aunque por otra parte, ideal para el descanso de las almas. «¿Quién sería capaz de acercarse hasta allí para perturbar la paz de los muertos?». La curiosidad la llevó a detenerse para echar un vistazo. Aunque el otoño ya se había enseñoreado del calendario y los días acortaban, todavía disponía de tiempo para fisgonear un rato.

La verja se abrió con un chirrido espantoso

La entrada daba a la parte de atrás, así que tuvo que rodear la decrépita pared hasta encontrar un portón de hierro desvencijado. Por suerte, la oxidada cerradura cedió enseguida y la verja se abrió con un chirrido espantoso. Se le erizó todo el vello del cuerpo. «A ver si creías que alguien se habría tomado la molestia de venir hasta aquí para engrasar la cerradura». Aquel camposanto era pequeño. Tan solo lo componían un panteón y unas pocas tumbas diseminadas a su alrededor. La luz del día agonizaba ya, debía darse prisa o se le echaría la noche encima.

Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos

Las sepulturas parecían abandonadas. Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos. Un sentimiento de desolación la invadió al mismo tiempo que un escalofrío la recorría de arriba a abajo. Una súbita ráfaga de aire le voló el sombrero de fieltro y tuvo que salir tras él para recuperarlo. Instintivamente se subió el cuello del abrigo y ya se disponía a marcharse cuando advirtió una lápida adornada con un busto. Precisamente la única que no parecía envejecida. Se acercó para mirar a quién correspondía. La sorprendió que no figurara ningún nombre o fecha. Tampoco ningún epitafio. Sin embargo, la escultura era muy realista.

El rictus de dolor reflejado en el rostro pétreo

El artista no había tenido ninguna piedad del fallecido y parecía haberlo captado en medio de una tremenda agonía, a juzgar por el rictus de dolor reflejado en aquel rostro pétreo. Se quedó mirando: había algo en aquella cara que le resultaba familiar. «¿No se parecía un poco al hombre que le había vendido el mas?» Sí, creía que se le daba un aire. «Tal vez fuera un pariente, un antepasado». Sin duda, sería la explicación más razonable. A pesar de aquella reflexión tan juiciosa, el ambiente comenzaba a resultarle opresivo y tétrico. «Ya está bien, me largo de aquí» y salió a toda prisa con la idea de que en su nueva casa estaría a salvo de aquellos extraños pensamientos que la acechaban desde que había puesto los pies en ese cementerio solitario. Antes de subir al coche pudo escuchar un aullido fúnebre en medio de la montaña que reforzó sus ansias de huida.

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho que daba acceso al mas a través de un arco de obra, donde se podía leer el nombre de la finca: El Mas de l’Arriscat. Ella no sabía su significado, pero el vendedor había tenido la deferencia de traducírselo:

—Quiere decir El Mas del Arriesgado. Ya sabe, en esta zona se llama mas a una finca tradicional. Le pusieron el nombre en recuerdo de un bandolero de por aquí que se escondía por los alrededores. Nadie sabe si existió realmente aquel arriscat, porque según reza la leyenda, quien lo miraba a los ojos no volvía a ver la luz del sol. Dicen que desde que murió, un lobo negro vagabundea por estos lares y trae la desgracia a quien se cruza en su camino, pero, créame, no son más que habladurías.

¿Qué estaba pasando?

Aquella conversación, el aullido. «¿Qué estaba pasando…?». Al llegar, los últimos rayos del sol se perdían por el horizonte. Antes de entrar pudo ver la figura de un lobo renegrido que la observaba desde lejos y de nuevo un escalofrío le recorrió el espinazo. Se apresuró. Trató de encender la luz, pero el interruptor falló. «Por la mañana avisaré al electricista. Menos mal que no soy supersticiosa, de lo contrario saldría por patas de aquí». Encendió una palmatoria y se dispuso a pasar la noche. No había cenado, pero no tenía hambre; ya tomaría algo por la mañana. Se metió en la cama y se tapó la cabeza con el embozo, como cuando era pequeña y tenía miedo de que un monstruo estuviera escondido debajo de su cama. Trató de dormir, pero se le venía todo arremolinado a la cabeza: el rostro imaginario y cruel de l’arriscat, el lobo, los aullidos, el busto del cementerio…

Un bramido estremecedor

Rayaba el alba cuando en las poblaciones cercanas pudo escucharse un bramido tan estremecedor que sobresaltó a todos los vecinos.

Unos días después, unos ciclistas que hacían aquella ruta todos los años se pararon a reponer fuerzas en aquel recoleto cementerio.

—José, mira. Creo que esta tumba no estaba cuando vinimos el año pasado. ¿Quién será la desafortunada?

José se acercó para comprobar lo que le decía su amigo. «¿Otra vez? —No podía creerlo—. ¿A quién enterraban allí cada año, si llevaba décadas abandonado?».

Sin embargo, pudo comprobar que había una nueva lápida sin nombre ni fecha, rematada por la figura de una mujer cuyo rostro era el puro reflejo del terror.

—¿Apostamos para el año próximo?

Foto by kalhh

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4 comentarios

  1. Rogelio

    Me gusta mucho sobretodo el final a y el lugar.

  2. Lucia Sánchez Pastor

    Está muy bien el relato. Me ha gustado recordar los momentos vividos en l’arriscat. Besos.

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