Escritora

Categoría: Relatos

Tal vez, nada más que un impostor

Escribí este relato en homenaje a Federico García Lorca. Por su puesto, se trata de una historia de ficción, pero no me digáis que no podría haber sido real. A mí me hubiera gustado.

31 de diciembre de 1999

Era n las siete de la tarde del 31 de diciembre de 1999 y en la redacción de Los lectores quieren saber cundía el pánico por si el tan traído y llevado efecto 2000 se producía, lo que conduciría al mundo civilizado al caos global. La dirección ya había previsto un plan de contingencias para aquella noche tan especial, aunque yo había sido la última becaria en incorporarme a la plantilla y no estaba incluida en él. Aun así había pensado hacer noche en la redacción, en la creencia absurda de que si permanecía al pie del cañón podría conjurar los malos augurios. Pero en aquel momento me encontraba ante el dilema de si quedarme en la oficina, según mi plan inicial, o acudir a la extraña cita que se me había propuesto hacía apenas unas horas. A lo mejor no se trataba más que de una broma de mal gusto, pero si lo que decía aquel hombre era verdad, tendría una gran historia entre manos. Quizás el riesgo valiera la pena. Además, contaba con la ventaja de que ya había cancelado todos mis compromisos y podía hacer lo que me viniera en gana. Seguro que en la redacción tampoco me echarían de menos.

El desconocido que me había llamado a mediodía decía ser celador en una residencia de ancianos llamada Las adelfas. Hice algunas averiguaciones y constaté que el lugar existía, lo cual ya era un punto a su favor. Sin embargo, lo que me había contado parecía tan inverosímil… Era de dominio público que al gran escritor, el buque insignia de la poesía su generación, lo habían asesinado al poco de empezar la Guerra Civil. ¡No era posible que siguiera vivo y en aquella residencia! ¿O sí? De ser cierto, ¿qué edad debería de tener ya? Eché cuentas y calculé ciento un años. ¡Difícil, pero no imposible!: España está llena de ancianos longevos y acartonados, verdaderas momias vivientes a las que la parca se niega a darles el hachazo definitivo.

Antes de tomar una decisión quise volver a hablar con mi fuente

Antes de tomar una decisión quise volver a hablar con mi fuente. Me encerré con el móvil en el baño para que nadie oyese la conversación. Después de unos pocos tonos el celador contestó a la llamada.

―¿Por fin se ha decidido, señorita Zurano? ―dijo sin más preámbulo.

―Digamos que todavía estoy considerando su ofrecimiento, señor… ―no sabía cómo dirigirme a él. En ningún momento me había dado un nombre.

―Llámeme simplemente Juan.

―Está bien, Juan. ¿Cómo sé que me está diciendo la verdad? ¿Que no es una treta para darse notoriedad por algún motivo que no acierto a comprender? ―Mi reticencia estaba más que justificada por lo insólito del caso.

―No lo puede saber. Para eso tiene que venir y verlo con sus propios ojos, escuchar su historia. Le prometo que no se arrepentirá. Paco está cenando ahora y luego lo llevaré a su habitación donde la esperará para charlar con usted.

―¿Paco? ¡Vamos a ver! Pero si se trata de Federico, ¿no? ¿Por qué lo llama Paco ahora?

―No se sulfure. Comprenderá que si estuviera aquí con su verdadero nombre, lo sabría todo el mundo y usted no tendría ninguna exclusiva. Sí, su nombre real es Federico García Lorca ―Juan bajó tanto la voz que a duras penas pude oírlo―, pero aquí consta con su identidad ficticia: Francisco Gómez Lemos. Es su alter ego. ¿No se dice así?

A aquella altura de la conversación ya había decidido que deseaba entrevistarlo a toda costa. Pero quería mantener oculto mi interés un poco más, de modo que seguí preguntando.

―¿Y por qué tiene que ser precisamente esta noche? No parece muy apropiada para ir de visita a un asilo.

―Precisamente por eso, es la mejor de todas. Según mi experiencia, nadie viene a ver a los ancianos en fin de año y además, el personal está bajo mínimos. Será muy fácil introducirla en el dormitorio de Paco sin que nadie la vea. No se preocupe, que de eso me encargo yo… Ah, y no olvide mis cinco mil pelas. Ya sabe: favor con favor se paga.

No me hacía gracia aquella  exigencia. Yo no andaba por entonces muy sobrada. Pero si la jugada me salía bien, el dinero me acabaría resultando rentable. Además, sería el único dispendio de la noche, ya que aquel fin de año no tendría que pagar ni la cena ni el cotillón.

―No tenga cuidado ―acepté el trato―. ¿Le parece que las nueve es una buena hora?

―Perfecto. Hágame una llamada perdida cuando llegue. Estaré al tanto.

Con la ayuda de Juan entraba en el dormitorio del anciano

Dos horas después y con la ayuda de  Juan entraba de tapadillo en el dormitorio del anciano. El cuarto olía a una extraña mezcla de lejía rebajada y colonia de lavanda. Al entrar puede verlo recostado en la cama. Me pareció un viejo vulnerable y frágil que, pese a ello, dormía de manera plácida, como si ningún peligro pudiera ya alcanzarlo. Tenía los pómulos muy marcados y todas las arrugas del mundo surcaban su tez morena. Juan le tocó con suavidad el hombro.

―Despierte, abuelo. Ya está aquí aquella señorita de la que le hablé. ¿Lo recuerda? Al final la he convencido para que viniera. Ella escuchará lo que tenga que contarle.

El anciano abrió los ojos y su rostro se iluminó de repente. Me pareció que irradiaba una sabiduría y humanidad propia de tiempos pretéritos.

―Pues claro que me acuerdo ―repuso de manera muy lúcida, aunque con una voz algo vacilante―. El tiempo nos apremia. En cualquier momento me puedo ir para el otro barrio, donde llevan esperándome desde agosto del 36 ―se le escapó una media sonrisa al pronunciar aquellas palabras―, así que empecemos cuanto antes.

Me sorprendió mucho su carencia de acento andaluz, pero no dije nada al respecto.

―Entonces, será mejor que yo me vaya. Señorita Zurano, avíseme cuando termine.

Juan salió de la habitación y cerró la puerta, dejándonos cara a cara al anciano y a mí.

―Le importa que grabe la entrevista ―le pregunté mientras sacaba un viejo y aparatoso casete compacto, toda una antigualla. Con la informática bajo amenaza, era lo mejor que pude procurarme para la ocasión.

―En absoluto, señorita. Puede hacer lo que quiera. ¿Cómo se llama?

―Me llamo Alma Zurano. ¿Y usted? ¿De verdad es Lorca? El caso es que sí que se parece, aunque claro los únicos retratos suyos que conozco son de cuando era joven… ―dudé.

Soy Federico García Lorca

―Por la gloria de mi madre, le juro que sí, que soy Federico García Lorca. Ya sé que es difícil de creer. Fusilarme me fusilaron, no se vaya a creer que no lo hicieron, pero sobreviví. A veces pienso que la misma inquina que me tenían aquellos fascistas fue lo que me salvó. Como los primeros tiros fueron para mí, caí al suelo inconsciente antes que los demás. La montonera de cuerpos que se formó después debió de protegerme de nuevos impactos.

―Aun así sigo sin comprender que pudiera salvarse, que pueda escuchar esta increíble historia de boca de usted. ―Le miré a los ojos llena de asombro―. Si perdió el conocimiento y estaba herido, quizás alguien lo ayudaría… ¿no? Me parece imposible que escapara solo de allí. ¿Cómo es que nadie echó de menos su cadáver? ―con el  hombre allí, delante de mí y todavía vivo, sentí cierto reparo con aquella palabra.

―Puede decirse que la suerte estuvo de mi lado. Por lo visto, acabada la faena, los hombres muy exaltados por la carnicería que acababan de cometer, lo celebraron por  todo lo alto allí mismo. Corrió el vino y acabaron ebrios sin tan siquiera haber enterrado a los muertos. No hicieron bien el trabajo y aquel descuido propició que yo haya seguido con vida. Al menos hasta ahora ―pude apreciar un sarcasmo en su voz―. Un padre y su hijo pasaron por allí mientras los asesinos todavía dormían la mona. El joven tenía el oído muy despierto y oyó mi quejío que salía de la pila de cuerpos inertes ―la  palabra quejío sí que la pronunció con un auténtico deje granadino―. Aquellos hombres eran buena gente y aun riesgo de sus propias vidas pusieron todo su empeño en salvarme. A día de hoy todavía les agradezco cuanto hicieron por mí. Hace mucho que no sé de ellos ―se lamentó mientras una escueta lágrima que consiguió conmoverme le resbalaba por la mejilla―. Lo más seguro es que ya estén muertos, como yo también lo estaré muy pronto.

―¿Y qué pasó después? ―pregunté fascinada por la narración del vejete, aunque todavía tenía mis dudas―. Si sobrevivió a aquel funesto episodio, ¿por qué ha permanecido oculto todo este tiempo? ¿Y por qué ahora quiere contarlo?

―Esa es una historia muy larga, pero intentaré resumírsela lo mejor que pueda. Es verdad que no morí, pero mi vida pendía de un hilo. Tenía heridas muy graves.

En aquel momento se arremangó el pijama con unas manos menudas, surcadas de venas y pude verle el vientre atravesado por varias cicatrices, la más grande de las cuales iba desde el esternón hasta más abajo del ombligo.

―Esta ―dijo Federico al percatarse de que era la que más me había llamado la atención―, es de una operación que me tuvieron que hacer años después para extirparme una fístula que me quedó. Para que se haga una idea: tardé cerca de un año en sanar.

Recorrí con suavidad la cicatriz

No pude resistir un súbito impulso y recorrí con suavidad la cicatriz con la punta de los dedos. Era muy abultada y carnosa.

―Le hicieron algo muy cruel, señor García Lorca. Debió usted de sufrir mucho ―dije estremecida todavía por lo que me acababa de contar.

―No se ande con tantas formalidades, Alma. Federico a secas está bien ―me dijo―. Sí, a veces me dolía mucho. Y no se crea, que a día de hoy, con los cambios de tiempo todavía me duele. Pero las heridas del alma duelen más. Toda la vida me la he pasado preguntándome cómo hay gente capaz de hacerle a uno cosas tan malas. ¿Cómo se puede odiar a alguien sin conocerlo siquiera? Porque a mí, ninguno de aquellos me conocía de nada, tan solo sabían de mí de oídas. ¡Vale!: tenía mis propias ideas, pero no era para tanto. Tampoco era ningún secreto que me gustaban los hombres. Pero nadie merece morir por ser como es. Ahora nos llaman gays. Parece que está mejor visto. Pero todavía hay quien nos pega una paliza cuando nos ve por la calle. Así que después  de todo, hay cosas que no han cambiado tanto desde entonces.

Yo asentía con la cabeza a todas las reflexiones de aquel hombre excepcional y empezaba a convencerme de que me estaba contando la verdad. En todo caso, estaba claro que aquella era su verdad. Pero todavía había un asunto sobre el que quería preguntarle a Federico.

―¿Y cómo es que abandonó la literatura después de aquello? Era su pasión, su vocación, su vida…

Nunca dejé de escribir

―¡Es usted tan joven! ―dijo condescendiente―. No la abandoné. Más bien ella me abandonó a mí. Nunca dejé de escribir, aunque tuve que de desempeñar diferentes oficios para ganarme la vida. Todos me creían muerto, incluso mi familia, y yo dejé que lo siguieran creyendo. Era una forma de evitar que me volviesen a matar. Ahora me arrepiento de no haberles desvelado antes la verdad, pero ya es demasiado tarde. Todos los que me importaban hace tiempo que están muertos. Después de todo, creo que he vivido demasiado…

―¿Entonces adoptó usted otro nombre? ―pregunté satisfecha por mi perspicacia.

―Así es. Fue una cuestión de mera supervivencia. Y pasé de ser un poeta y dramaturgo consagrado a no ser nadie. Y siendo nadie, nadie me tomó serio. En el fondo de aquel armario ―dijo mientras señalaba un pequeño ropero que estaba frente a la cama― está todo lo que escribí en mi segunda vida. Por favor, lléveselo. Es para usted.

―Pero, yo… yo… ―dije balbuceante―. ¿Qué quiere que haga?

Estaba desconcertada por aquella enorme muestra de confianza. Era muy joven y no sabía si estaría a la altura de lo que intuía que Federico me iba a pedir. Pero obedecí y saqué del armario unos legajos amarillentos y cubiertos de polvo.

―Cuando muera, que será muy pronto, Juan la avisará. Entonces usted desvelará al mundo esta conversación y dará a conocer mis manuscritos. Mientras tanto deberá guardar silencio. Es lo único que le pido.

Una cuestión de supervivencia

Terminada la entrevista me despedí de Federico y me marché con el mismo sigilo con el que había llegado. Al final, el efecto 2000 quedó en nada y la civilización occidental superó un escollo más en su loca huida hacia delante. Al cabo de un par de semanas Juan me llamó para decirme que el abuelo, como a él gustaba llamarlo, ya descansaba en paz. Yo entonces era demasiado insignificante para cumplir con el encargo: nadie me hubiera tomado en serio. Es más, hubieran pensado que se trataba de un vulgar impostor, algo que él no se merecía. De modo que no conté a nadie lo sucedido. Ahora, han pasado casi dos décadas desde aquella nochevieja de 1999. Tengo un nombre y el público me respeta. Por eso ha llegado el momento de cumplir la promesa que le hice a aquel viejo poeta en su lecho de muerte. Hágase la última voluntad de Federico García Lorca, alias Francisco Gómez Lemos, o tal vez debería decirlo al revés. ¿Qué más da?

El mas de l’arriscat

Concurso exprés Halloween de Páginas en la lluvia

Décimo puesto en el Concurso exprés de Halloween para Avelina Chinchilla Rodríguez y su relato El mas de l’Arriscat. Fantástico!!EL MAS DE L’ARRISCAT.

La carretera se estrechaba

La carretera se estrechaba mientras ascendía zigzagueante hacia el caserón. «Si quiero vivir aquí, no me quedará más remedio que acostumbrarme a estas curvas», pensó mientras ponía los cinco sentidos en el diabólico trazado.

Al subir una empinada cuesta pudo vislumbrar una tapia deslucida por el tiempo por la que sobresalían unos cuantos cipreses. Dedujo que se trataría de un cementerio. El lugar resultaba extraño para su ubicación, demasiado remoto, aunque por otra parte, ideal para el descanso de las almas. «¿Quién sería capaz de acercarse hasta allí para perturbar la paz de los muertos?». La curiosidad la llevó a detenerse para echar un vistazo. Aunque el otoño ya se había enseñoreado del calendario y los días acortaban, todavía disponía de tiempo para fisgonear un rato.

La verja se abrió con un chirrido espantoso

La entrada daba a la parte de atrás, así que tuvo que rodear la decrépita pared hasta encontrar un portón de hierro desvencijado. Por suerte, la oxidada cerradura cedió enseguida y la verja se abrió con un chirrido espantoso. Se le erizó todo el vello del cuerpo. «A ver si creías que alguien se habría tomado la molestia de venir hasta aquí para engrasar la cerradura». Aquel camposanto era pequeño. Tan solo lo componían un panteón y unas pocas tumbas diseminadas a su alrededor. La luz del día agonizaba ya, debía darse prisa o se le echaría la noche encima.

Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos

Las sepulturas parecían abandonadas. Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos. Un sentimiento de desolación la invadió al mismo tiempo que un escalofrío la recorría de arriba a abajo. Una súbita ráfaga de aire le voló el sombrero de fieltro y tuvo que salir tras él para recuperarlo. Instintivamente se subió el cuello del abrigo y ya se disponía a marcharse cuando advirtió una lápida adornada con un busto. Precisamente la única que no parecía envejecida. Se acercó para mirar a quién correspondía. La sorprendió que no figurara ningún nombre o fecha. Tampoco ningún epitafio. Sin embargo, la escultura era muy realista.

El rictus de dolor reflejado en el rostro pétreo

El artista no había tenido ninguna piedad del fallecido y parecía haberlo captado en medio de una tremenda agonía, a juzgar por el rictus de dolor reflejado en aquel rostro pétreo. Se quedó mirando: había algo en aquella cara que le resultaba familiar. «¿No se parecía un poco al hombre que le había vendido el mas?» Sí, creía que se le daba un aire. «Tal vez fuera un pariente, un antepasado». Sin duda, sería la explicación más razonable. A pesar de aquella reflexión tan juiciosa, el ambiente comenzaba a resultarle opresivo y tétrico. «Ya está bien, me largo de aquí» y salió a toda prisa con la idea de que en su nueva casa estaría a salvo de aquellos extraños pensamientos que la acechaban desde que había puesto los pies en ese cementerio solitario. Antes de subir al coche pudo escuchar un aullido fúnebre en medio de la montaña que reforzó sus ansias de huida.

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho que daba acceso al mas a través de un arco de obra, donde se podía leer el nombre de la finca: El Mas de l’Arriscat. Ella no sabía su significado, pero el vendedor había tenido la deferencia de traducírselo:

—Quiere decir El Mas del Arriesgado. Ya sabe, en esta zona se llama mas a una finca tradicional. Le pusieron el nombre en recuerdo de un bandolero de por aquí que se escondía por los alrededores. Nadie sabe si existió realmente aquel arriscat, porque según reza la leyenda, quien lo miraba a los ojos no volvía a ver la luz del sol. Dicen que desde que murió, un lobo negro vagabundea por estos lares y trae la desgracia a quien se cruza en su camino, pero, créame, no son más que habladurías.

¿Qué estaba pasando?

Aquella conversación, el aullido. «¿Qué estaba pasando…?». Al llegar, los últimos rayos del sol se perdían por el horizonte. Antes de entrar pudo ver la figura de un lobo renegrido que la observaba desde lejos y de nuevo un escalofrío le recorrió el espinazo. Se apresuró. Trató de encender la luz, pero el interruptor falló. «Por la mañana avisaré al electricista. Menos mal que no soy supersticiosa, de lo contrario saldría por patas de aquí». Encendió una palmatoria y se dispuso a pasar la noche. No había cenado, pero no tenía hambre; ya tomaría algo por la mañana. Se metió en la cama y se tapó la cabeza con el embozo, como cuando era pequeña y tenía miedo de que un monstruo estuviera escondido debajo de su cama. Trató de dormir, pero se le venía todo arremolinado a la cabeza: el rostro imaginario y cruel de l’arriscat, el lobo, los aullidos, el busto del cementerio…

Un bramido estremecedor

Rayaba el alba cuando en las poblaciones cercanas pudo escucharse un bramido tan estremecedor que sobresaltó a todos los vecinos.

Unos días después, unos ciclistas que hacían aquella ruta todos los años se pararon a reponer fuerzas en aquel recoleto cementerio.

—José, mira. Creo que esta tumba no estaba cuando vinimos el año pasado. ¿Quién será la desafortunada?

José se acercó para comprobar lo que le decía su amigo. «¿Otra vez? —No podía creerlo—. ¿A quién enterraban allí cada año, si llevaba décadas abandonado?».

Sin embargo, pudo comprobar que había una nueva lápida sin nombre ni fecha, rematada por la figura de una mujer cuyo rostro era el puro reflejo del terror.

—¿Apostamos para el año próximo?

Foto by kalhh

Sillas vacías

Ahora que nuevamente llega la Navidad

Ahora que nuevamente llega la Navidad, vuelven hasta mí los ecos de aquellas de mi infancia en las que fui tan feliz. Toda la familia reunida en la mesa y los primos, que apenas si nos veíamos el resto del año, jugando durante tardes enteras en torno al viejo diván de la abuela. Los mayores, atareados con los preparativos de la cocina  o inmersos en interminables conversaciones nos olvidaban dejándonos alborotar con juegos imposibles o simplemente prohibidos el resto del año. Los niños destilábamos ilusión por todos nuestros poros. Ilusión por lo significado de la fecha e ilusión por todo lo con ella relacionado, el belén, los villancicos, las reuniones familiares, las estrenas y, por supuesto, los Reyes. Nada que ver nuestros modestos juguetes de entonces con el derroche y la ostentación actuales. Pero nosotros éramos felices y creíamos que los mayores también lo eran, y eso acrecentaba si cabe nuestro gozo.

Llegaron los años de la adolescencia y primera juventud

Pero yo crecí y llegaron los años de la adolescencia y primera juventud. La fiesta que antaño me había parecido tan maravillosa, de pronto se desvaneció. Comencé a ver su trastienda y no me gustó. Ni todos éramos tan felices, ni todos nos amábamos tanto, ni era real tanta paz y armonía. Me sentí estafada y me convertí en una descreída de la Navidad. En ese descreimiento siguieron pasando los años, y yo también fui madre. En mis hijos volví a ver el reflejo de aquellos gozosos años de mi infancia en los que yo amaba la Navidad por encima de todo y, por amor a mis hijos, me reconcilié con ella. Me di cuenta de que aunque todas las relaciones, incluidas las familiares, pueden pasar por momentos difíciles, la Navidad, mas allá de manipulaciones sociológicas o comerciales son un momento excelente para compartirlo con aquellos a quienes amamos. Aunque de una forma mucho mas crítica en la que ya no cabe la entrega total, hace ya algunos años que ha vuelto a mí el espíritu navideño.

El homenaje, el recuerdo amable, fuera de todo dramatismo de los ausentes

Pero es ahora, ya en la madurez, cuando en nuestra mesa familiar comienza a haber  alguna silla vacía, cuando le encuentro a la Navidad un sentido nuevo y absolutamente insospechado hasta este momento.  El homenaje, el recuerdo amable, fuera de todo dramatismo de los ausentes. Resulta reconfortante, cuando sabes que ya no volverás a estar con él, recordar de forma entrañable y entre bromas lo mucho que a papá le gustaba tal cosa o lo mucho que le disgustaba tal otra. Lejos ya del lacerante dolor por la pérdida, el recuerdo perdurará año tras año, en parte gracias a la Navidad.

Desde el mismo andén

Me bajo del tren sin mirar atrás

Me bajo del tren sin mirar atrás, igual que me había marchado aquel día de hacía casi veinticinco años con una escueta maleta en la que cabía lo poco que quise llevarme de esa casa a la que nunca pude considerar un hogar. Unas gafas de sol pasadas de moda me ayudaban a ocultar el ojo morado, aún en carne viva, y que me avergonzaba a cada pulsación que sentía. Me avergonzaba porque me hacía creer que era tan poca cosa, porque me recordaba todas las humillaciones que había sido capaz de aguantar con absoluta pasividad, llegando a convencerme de que no merecía nada mejor.

Precisamente aquel día hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban

Hasta aquel día. Precisamente aquel día hice acopio de las escasas fuerzas que me quedaban, arramblé con todo el dinero que pude, unas diecinueve mil pesetas entre billetes y calderilla, y me fui dejándolo todo atrás, dispuesta a empezar una nueva vida lejos de aquello que había conocido. Sabía que tenía que partir de cero. Nada de lo anterior me era querido. No lo necesitaba. No me importaba a dónde ir. Simplemente, al llegar a la taquilla pedí billete para el primer tren que saliera.

Aquel tren que tomé al azar me condujo a Madrid

No tomé la decisión de manera consciente porque para ello se necesita voluntad, algo de lo que yo carecía. Fue cosa de mi instinto de supervivencia que, sin darme yo cuenta, tomó el mando de la situación cuando ya me sentía totalmente derrotada. Aquel tren que tomé al azar me condujo a Madrid, ciudad en la que nunca antes había estado. Cuando bajé en Atocha, sentí que ese nudo gordiano que era la estación representaba la encrucijada de mi vida. Estaba desorientada y no sabía hacia a dónde dirigirme. Busque un hostal barato en los alrededores, con la intención de que el dinero me cundiera al máximo. La cuestión económica me acuciaba y sabía que necesitaba un trabajo. Por casualidad, en la pensión donde me hospedé buscaban una chica para ayudar en la limpieza. Me pareció que aquello era una buena señal. Una señal de que mi suerte iba cambiar y acepté. El sueldo no era muy bueno, pero el alojamiento y la manutención estaban incluidos. Además contaba con un día libre a la semana para darme una vuelta por el Retiro. Sabía que eso me bastaba para comenzar de nuevo.

Era duro para una joven como yo

Tampoco recuerdo esa época con demasiada nostalgia y no caeré en el error de decir que me fue fácil salir adelante. Era duro para una joven como yo: sin formación, sin parientes, sin amigos. La soledad, el no poder contar con nadie de mi confianza, hacía que todas las noches me durmiera llorando. Pero con paciencia y tesón lo logré. Poco a poco, paso a paso. Al cabo de un tiempo conseguí un empleo mejor. El día que pude mudarme a mi pequeño piso de alquiler me encontraba exultante. ¿Era felicidad? No lo creo, pero se le parecía. Desde entonces solo hice que prosperar y vivir a mi aire. De manera modesta, pero sin ningún hombre cerca que pudiera mangonearme.

Respirar por última vez este aire cargado de salitre


Hasta hoy. Han pasado casi veinticinco años. Y desde el mismo andén de entonces veo que todo ha cambiado. Yo misma he cambiado. Aún no soy vieja pero lo parezco: no he llevado una vida entre algodones y se nota. El cáncer terminal que me diagnosticaron hace seis meses ha acabado de rematar la faena. Mi piel se ha surcado de arrugas de manera repentina. He ganado mucho peso por culpa de esos tratamientos hormonales y me siento tan cansada… Me duele el cuerpo entero. Y por eso he vuelto a mi ciudad, porque ya me han desahuciado y quiero morir aquí. Respirar por última vez este aire cargado de salitre, llenarme los pulmones con él, sentir sobre mi piel la caricia de la brisa bajo la luz dorada del sol. Quiero mecerme hasta dormirme entre las olas del Mediterráneo, el mar de mi infancia: la única época que verdaderamente añoro.

El Savoy

Me lo contó Armando, el dueño del bar El Dorado

Me lo contó Armando, el dueño del bar El Dorado, mientras me tomaba un café rápido antes de volverme a casa.

―¿Te has enterado, Víctor? ¿Te acuerdas…? ¡Sí, hombre, sí! ¡Dónde el Savoy!

―¡Claro que sí!: El Savoy… ¿Cómo no me voy a acordar? Con los buenos ratos que tengo pasados allí.

En mi rostro se dibujó una sonrisa llena de nostalgia con la sola mención de ese nombre. Aquel era mi cine de referencia, el de mi barrio, el único que había existido en El Palomar desde que yo tenía memoria. Llevaba más de una década cerrado, pero siempre había tenido la ilusión de que sería algo pasajero. Llegaría el día en que un empresario forrado y amante de salas como las de antes se gastaría un pastón en reformarlo y lo reabriría por todo lo alto. Desde que dieron la última sesión tenía la certeza de que algún día El Palomar recuperaría su cine.

―Pues, nada… que me han dicho  que van a demolerlo y a poner un McDonald’s. Ya ves tú que manera de joderle el negocio a uno. Toda la vida luchando para levantarlo y llega una multinacional de esas a quitarle el sustento a tus hijos.

―Hombre, no será para tanto, Armando, tío. Que a esos sitios no van más que niñatos, ya lo sabes ―traté de quitarle hierro al asunto, aunque aquello también a mí me comía la moral―. Los parroquianos de siempre continuaremos viniendo aquí. No te quepa duda. Ya te digo yo que vas a tener clientela hasta que te hartes de poner cañas…

No podía quitarme de la cabeza aquellas palabras

Le pagué y me marché a casa. Sin embargo, no podía quitarme de la cabeza aquellas palabras de Armando, porque yo me había pasado media vida en aquella sala y El Savoy era para mí mucho más que un cine. Después de que lo cerraran, había añorado su aroma añejo y su aspecto decadente. Allí había visto mis primera pelis de mayores en compañía de mis amigos cuando todavía no éramos más que unos imberbes con la cara llena de granos. Años después, en las butacas de las últimas filas, como era típico entonces, tuve mis primeros escarceos amorosos. Allí estuve con Raquel, con Marina, con Paqui y con alguna más cuyo nombre no me viene ahora la memoria. También llevé a Elvira en nuestra primera cita. Pero con ella quería ir en serio, así que aquella vez nos limitamos a ver la película. Yo astutamente elegí para la ocasión una de miedo, con la idea de que en los momentos de tensión fuera ella la que se arrimase a mí. La treta me salió tan bien que llevamos juntos más de treinta años y tenemos dos hijos y tres nietos.

Al llegar a casa, Elvira ya me esperaba para la cena. También estaba mi nieto mayor, que se llama Víctor, como yo.

―A ti hoy te ha pasado algo ―dijo nada más verme―. No sé, parece como que traes mala cara, cariño. ―¡Ay mi Elvira! ¡Qué bien me conoce! Para ella soy un libro abierto.

¿De dónde has sacado esa idea, criatura?

―Nada, mujer. ¿Qué va ser? Que ya es viernes y estoy cansado. Mañana después de haber chafado la oreja a base de bien, estaré como nuevo. Ya verás ―le contesté desviando el tema, ya que no quería cargar al chaval con mis preocupaciones. Ya se lo contaría luego a ella.

―Yaya, a ver si le dices a la mamá cómo haces la tortilla, que a ella no le sale tan buena como a ti. ―Víctor siempre está igual, parece que todo lo que come aquí le sabe mejor que lo de su casa. Cosa de críos, supongo.

―Pues ya me extraña ―dijo ella con la boquita pequeña, ya que esos comentarios le hacen ponerse como una gallina clueca―, si la hace igual que yo. O eso creo… que para eso fui yo quien la enseñé.

―Pues algo tiene que ser porque la tuya siempre está más buena, yaya ―insistió el chico―. Aunque ahora, con el McDonald’s ese nuevo que van a poner, te va salir competencia. No creo que puedas hacer las hamburguesas mejor que ellos.

―¿Pero qué McDonald’s dices? ¿De dónde has sacado esa idea, criatura? Porque a mí nadie me ha dicho nada y eso que he estado en la plaza esta mañana.

―Ah, ¿no? Pues en el cole todos hablan de lo mismo. Parece que lo van a hacer donde estaba el cine ese que lleva toda la vida cerrado. ¿Cómo era…? Vaya, que no me sale el nombre ahora…

―¿No estarás hablando de El Savoy? ―le preguntó Elvira con cara de incredulidad.

―Muy bien, yaya. Eso es: El Savoy ―dijo el niño entusiasmado―. Ya es hora de que tiren ese edificio tan viejo y pongan algo que valga la pena.

Ella torció el gesto. Entonces la miré a los ojos y vi como una lágrima se le quedaba temblando en el párpado mientras le decía a nuestro nieto en un tono áspero, impropio de ella.

En aquel momento supe que era un hombre afortunado

―¿Qué pasa, que todo lo viejo os molesta, o qué? ¿No pueden poner el McDonald’s ese en otro sitio y dejar El Savoy en paz?

Víctor, el pobrecito, se quedó helado. No estaba acostumbrado a esa clase de exabruptos y menos aún de su abuela.

―Mujer, deja que los chavales disfruten. ¿Y a ti que más te da? Si hace un siglo que te digo de ir al cine y no quieres ―tercié yo, tratando de templar gaitas.

Por lo visto, mi intervención logró calmar los ánimos, porque enseguida añadió mientras se le recomponía el rostro:

―Ay, Víctor, hijo, no me hagas caso, que es que parece que ya empiezo a chochear. El yayo tiene razón. Total, el edificio ese ya solo sirve para criar ratas. Seguro que la nueva manzana quedará preciosa y le dará mucha vidilla al barrio.

En aquel momento supe que era un hombre afortunado por haber compartido gran parte mi vida con esta mujer excepcional que es Elvira. Sin embargo, el reflejo de sus ojos tristes y cansados me hizo comprender de repente lo viejos que éramos. Y me dio mucha pena pensar que una parte de nuestros recuerdos quedaría sepultada para siempre bajo los escombros de El Savoy.

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