Avelina Chinchilla

Escritora

Tal vez, nada más que un impostor

Escribí este relato en homenaje a Federico García Lorca. Por su puesto, se trata de una historia de ficción, pero no me digáis que no podría haber sido real. A mí me hubiera gustado.

31 de diciembre de 1999

Era n las siete de la tarde del 31 de diciembre de 1999 y en la redacción de Los lectores quieren saber cundía el pánico por si el tan traído y llevado efecto 2000 se producía, lo que conduciría al mundo civilizado al caos global. La dirección ya había previsto un plan de contingencias para aquella noche tan especial, aunque yo había sido la última becaria en incorporarme a la plantilla y no estaba incluida en él. Aun así había pensado hacer noche en la redacción, en la creencia absurda de que si permanecía al pie del cañón podría conjurar los malos augurios. Pero en aquel momento me encontraba ante el dilema de si quedarme en la oficina, según mi plan inicial, o acudir a la extraña cita que se me había propuesto hacía apenas unas horas. A lo mejor no se trataba más que de una broma de mal gusto, pero si lo que decía aquel hombre era verdad, tendría una gran historia entre manos. Quizás el riesgo valiera la pena. Además, contaba con la ventaja de que ya había cancelado todos mis compromisos y podía hacer lo que me viniera en gana. Seguro que en la redacción tampoco me echarían de menos.

El desconocido que me había llamado a mediodía decía ser celador en una residencia de ancianos llamada Las adelfas. Hice algunas averiguaciones y constaté que el lugar existía, lo cual ya era un punto a su favor. Sin embargo, lo que me había contado parecía tan inverosímil… Era de dominio público que al gran escritor, el buque insignia de la poesía su generación, lo habían asesinado al poco de empezar la Guerra Civil. ¡No era posible que siguiera vivo y en aquella residencia! ¿O sí? De ser cierto, ¿qué edad debería de tener ya? Eché cuentas y calculé ciento un años. ¡Difícil, pero no imposible!: España está llena de ancianos longevos y acartonados, verdaderas momias vivientes a las que la parca se niega a darles el hachazo definitivo.

Antes de tomar una decisión quise volver a hablar con mi fuente

Antes de tomar una decisión quise volver a hablar con mi fuente. Me encerré con el móvil en el baño para que nadie oyese la conversación. Después de unos pocos tonos el celador contestó a la llamada.

―¿Por fin se ha decidido, señorita Zurano? ―dijo sin más preámbulo.

―Digamos que todavía estoy considerando su ofrecimiento, señor… ―no sabía cómo dirigirme a él. En ningún momento me había dado un nombre.

―Llámeme simplemente Juan.

―Está bien, Juan. ¿Cómo sé que me está diciendo la verdad? ¿Que no es una treta para darse notoriedad por algún motivo que no acierto a comprender? ―Mi reticencia estaba más que justificada por lo insólito del caso.

―No lo puede saber. Para eso tiene que venir y verlo con sus propios ojos, escuchar su historia. Le prometo que no se arrepentirá. Paco está cenando ahora y luego lo llevaré a su habitación donde la esperará para charlar con usted.

―¿Paco? ¡Vamos a ver! Pero si se trata de Federico, ¿no? ¿Por qué lo llama Paco ahora?

―No se sulfure. Comprenderá que si estuviera aquí con su verdadero nombre, lo sabría todo el mundo y usted no tendría ninguna exclusiva. Sí, su nombre real es Federico García Lorca ―Juan bajó tanto la voz que a duras penas pude oírlo―, pero aquí consta con su identidad ficticia: Francisco Gómez Lemos. Es su alter ego. ¿No se dice así?

A aquella altura de la conversación ya había decidido que deseaba entrevistarlo a toda costa. Pero quería mantener oculto mi interés un poco más, de modo que seguí preguntando.

―¿Y por qué tiene que ser precisamente esta noche? No parece muy apropiada para ir de visita a un asilo.

―Precisamente por eso, es la mejor de todas. Según mi experiencia, nadie viene a ver a los ancianos en fin de año y además, el personal está bajo mínimos. Será muy fácil introducirla en el dormitorio de Paco sin que nadie la vea. No se preocupe, que de eso me encargo yo… Ah, y no olvide mis cinco mil pelas. Ya sabe: favor con favor se paga.

No me hacía gracia aquella  exigencia. Yo no andaba por entonces muy sobrada. Pero si la jugada me salía bien, el dinero me acabaría resultando rentable. Además, sería el único dispendio de la noche, ya que aquel fin de año no tendría que pagar ni la cena ni el cotillón.

―No tenga cuidado ―acepté el trato―. ¿Le parece que las nueve es una buena hora?

―Perfecto. Hágame una llamada perdida cuando llegue. Estaré al tanto.

Con la ayuda de Juan entraba en el dormitorio del anciano

Dos horas después y con la ayuda de  Juan entraba de tapadillo en el dormitorio del anciano. El cuarto olía a una extraña mezcla de lejía rebajada y colonia de lavanda. Al entrar puede verlo recostado en la cama. Me pareció un viejo vulnerable y frágil que, pese a ello, dormía de manera plácida, como si ningún peligro pudiera ya alcanzarlo. Tenía los pómulos muy marcados y todas las arrugas del mundo surcaban su tez morena. Juan le tocó con suavidad el hombro.

―Despierte, abuelo. Ya está aquí aquella señorita de la que le hablé. ¿Lo recuerda? Al final la he convencido para que viniera. Ella escuchará lo que tenga que contarle.

El anciano abrió los ojos y su rostro se iluminó de repente. Me pareció que irradiaba una sabiduría y humanidad propia de tiempos pretéritos.

―Pues claro que me acuerdo ―repuso de manera muy lúcida, aunque con una voz algo vacilante―. El tiempo nos apremia. En cualquier momento me puedo ir para el otro barrio, donde llevan esperándome desde agosto del 36 ―se le escapó una media sonrisa al pronunciar aquellas palabras―, así que empecemos cuanto antes.

Me sorprendió mucho su carencia de acento andaluz, pero no dije nada al respecto.

―Entonces, será mejor que yo me vaya. Señorita Zurano, avíseme cuando termine.

Juan salió de la habitación y cerró la puerta, dejándonos cara a cara al anciano y a mí.

―Le importa que grabe la entrevista ―le pregunté mientras sacaba un viejo y aparatoso casete compacto, toda una antigualla. Con la informática bajo amenaza, era lo mejor que pude procurarme para la ocasión.

―En absoluto, señorita. Puede hacer lo que quiera. ¿Cómo se llama?

―Me llamo Alma Zurano. ¿Y usted? ¿De verdad es Lorca? El caso es que sí que se parece, aunque claro los únicos retratos suyos que conozco son de cuando era joven… ―dudé.

Soy Federico García Lorca

―Por la gloria de mi madre, le juro que sí, que soy Federico García Lorca. Ya sé que es difícil de creer. Fusilarme me fusilaron, no se vaya a creer que no lo hicieron, pero sobreviví. A veces pienso que la misma inquina que me tenían aquellos fascistas fue lo que me salvó. Como los primeros tiros fueron para mí, caí al suelo inconsciente antes que los demás. La montonera de cuerpos que se formó después debió de protegerme de nuevos impactos.

―Aun así sigo sin comprender que pudiera salvarse, que pueda escuchar esta increíble historia de boca de usted. ―Le miré a los ojos llena de asombro―. Si perdió el conocimiento y estaba herido, quizás alguien lo ayudaría… ¿no? Me parece imposible que escapara solo de allí. ¿Cómo es que nadie echó de menos su cadáver? ―con el  hombre allí, delante de mí y todavía vivo, sentí cierto reparo con aquella palabra.

―Puede decirse que la suerte estuvo de mi lado. Por lo visto, acabada la faena, los hombres muy exaltados por la carnicería que acababan de cometer, lo celebraron por  todo lo alto allí mismo. Corrió el vino y acabaron ebrios sin tan siquiera haber enterrado a los muertos. No hicieron bien el trabajo y aquel descuido propició que yo haya seguido con vida. Al menos hasta ahora ―pude apreciar un sarcasmo en su voz―. Un padre y su hijo pasaron por allí mientras los asesinos todavía dormían la mona. El joven tenía el oído muy despierto y oyó mi quejío que salía de la pila de cuerpos inertes ―la  palabra quejío sí que la pronunció con un auténtico deje granadino―. Aquellos hombres eran buena gente y aun riesgo de sus propias vidas pusieron todo su empeño en salvarme. A día de hoy todavía les agradezco cuanto hicieron por mí. Hace mucho que no sé de ellos ―se lamentó mientras una escueta lágrima que consiguió conmoverme le resbalaba por la mejilla―. Lo más seguro es que ya estén muertos, como yo también lo estaré muy pronto.

―¿Y qué pasó después? ―pregunté fascinada por la narración del vejete, aunque todavía tenía mis dudas―. Si sobrevivió a aquel funesto episodio, ¿por qué ha permanecido oculto todo este tiempo? ¿Y por qué ahora quiere contarlo?

―Esa es una historia muy larga, pero intentaré resumírsela lo mejor que pueda. Es verdad que no morí, pero mi vida pendía de un hilo. Tenía heridas muy graves.

En aquel momento se arremangó el pijama con unas manos menudas, surcadas de venas y pude verle el vientre atravesado por varias cicatrices, la más grande de las cuales iba desde el esternón hasta más abajo del ombligo.

―Esta ―dijo Federico al percatarse de que era la que más me había llamado la atención―, es de una operación que me tuvieron que hacer años después para extirparme una fístula que me quedó. Para que se haga una idea: tardé cerca de un año en sanar.

Recorrí con suavidad la cicatriz

No pude resistir un súbito impulso y recorrí con suavidad la cicatriz con la punta de los dedos. Era muy abultada y carnosa.

―Le hicieron algo muy cruel, señor García Lorca. Debió usted de sufrir mucho ―dije estremecida todavía por lo que me acababa de contar.

―No se ande con tantas formalidades, Alma. Federico a secas está bien ―me dijo―. Sí, a veces me dolía mucho. Y no se crea, que a día de hoy, con los cambios de tiempo todavía me duele. Pero las heridas del alma duelen más. Toda la vida me la he pasado preguntándome cómo hay gente capaz de hacerle a uno cosas tan malas. ¿Cómo se puede odiar a alguien sin conocerlo siquiera? Porque a mí, ninguno de aquellos me conocía de nada, tan solo sabían de mí de oídas. ¡Vale!: tenía mis propias ideas, pero no era para tanto. Tampoco era ningún secreto que me gustaban los hombres. Pero nadie merece morir por ser como es. Ahora nos llaman gays. Parece que está mejor visto. Pero todavía hay quien nos pega una paliza cuando nos ve por la calle. Así que después  de todo, hay cosas que no han cambiado tanto desde entonces.

Yo asentía con la cabeza a todas las reflexiones de aquel hombre excepcional y empezaba a convencerme de que me estaba contando la verdad. En todo caso, estaba claro que aquella era su verdad. Pero todavía había un asunto sobre el que quería preguntarle a Federico.

―¿Y cómo es que abandonó la literatura después de aquello? Era su pasión, su vocación, su vida…

Nunca dejé de escribir

―¡Es usted tan joven! ―dijo condescendiente―. No la abandoné. Más bien ella me abandonó a mí. Nunca dejé de escribir, aunque tuve que de desempeñar diferentes oficios para ganarme la vida. Todos me creían muerto, incluso mi familia, y yo dejé que lo siguieran creyendo. Era una forma de evitar que me volviesen a matar. Ahora me arrepiento de no haberles desvelado antes la verdad, pero ya es demasiado tarde. Todos los que me importaban hace tiempo que están muertos. Después de todo, creo que he vivido demasiado…

―¿Entonces adoptó usted otro nombre? ―pregunté satisfecha por mi perspicacia.

―Así es. Fue una cuestión de mera supervivencia. Y pasé de ser un poeta y dramaturgo consagrado a no ser nadie. Y siendo nadie, nadie me tomó serio. En el fondo de aquel armario ―dijo mientras señalaba un pequeño ropero que estaba frente a la cama― está todo lo que escribí en mi segunda vida. Por favor, lléveselo. Es para usted.

―Pero, yo… yo… ―dije balbuceante―. ¿Qué quiere que haga?

Estaba desconcertada por aquella enorme muestra de confianza. Era muy joven y no sabía si estaría a la altura de lo que intuía que Federico me iba a pedir. Pero obedecí y saqué del armario unos legajos amarillentos y cubiertos de polvo.

―Cuando muera, que será muy pronto, Juan la avisará. Entonces usted desvelará al mundo esta conversación y dará a conocer mis manuscritos. Mientras tanto deberá guardar silencio. Es lo único que le pido.

Una cuestión de supervivencia

Terminada la entrevista me despedí de Federico y me marché con el mismo sigilo con el que había llegado. Al final, el efecto 2000 quedó en nada y la civilización occidental superó un escollo más en su loca huida hacia delante. Al cabo de un par de semanas Juan me llamó para decirme que el abuelo, como a él gustaba llamarlo, ya descansaba en paz. Yo entonces era demasiado insignificante para cumplir con el encargo: nadie me hubiera tomado en serio. Es más, hubieran pensado que se trataba de un vulgar impostor, algo que él no se merecía. De modo que no conté a nadie lo sucedido. Ahora, han pasado casi dos décadas desde aquella nochevieja de 1999. Tengo un nombre y el público me respeta. Por eso ha llegado el momento de cumplir la promesa que le hice a aquel viejo poeta en su lecho de muerte. Hágase la última voluntad de Federico García Lorca, alias Francisco Gómez Lemos, o tal vez debería decirlo al revés. ¿Qué más da?

Ninguna playa (homenaje a Gloria Fuertes)

El pasado viernes 27 de noviembre se cumplieron 22 años desde que Gloria Fuertes, esa gran poeta de verso en pecho, no dejó. Aquí va mi sentido homenaje con este poema titulado Ninguna playa.

En el árbol de mi pecho

hay un pájaro encarnado

que agoniza de olvido.

En mis manos enjutas

una flor marchita

y en mi pupila,

prendida, una lágrima.

Hoy, vestida de invierno

lanzo mi última música

para invocar aquella primavera

que pasó de largo

en busca de más fértiles riberas.

Supervivo a todos los naufragios

mas vivo a la deriva:

isla ignorada

en el centro de un mar

que no me entiende.

No ansío ya ninguna playa.

Ya escribí mi última página.

Soy más vieja que mis años, que

el dolor envejece más que el tiempo.

No lloréis por mí:

cuando muere un poeta

no pasa nada…

Nota: las partes en cursiva son citas literales o versos de Gloria Fuertes

El mas de l’arriscat

Concurso exprés Halloween de Páginas en la lluvia

Décimo puesto en el Concurso exprés de Halloween para Avelina Chinchilla Rodríguez y su relato El mas de l’Arriscat. Fantástico!!EL MAS DE L’ARRISCAT.

La carretera se estrechaba

La carretera se estrechaba mientras ascendía zigzagueante hacia el caserón. «Si quiero vivir aquí, no me quedará más remedio que acostumbrarme a estas curvas», pensó mientras ponía los cinco sentidos en el diabólico trazado.

Al subir una empinada cuesta pudo vislumbrar una tapia deslucida por el tiempo por la que sobresalían unos cuantos cipreses. Dedujo que se trataría de un cementerio. El lugar resultaba extraño para su ubicación, demasiado remoto, aunque por otra parte, ideal para el descanso de las almas. «¿Quién sería capaz de acercarse hasta allí para perturbar la paz de los muertos?». La curiosidad la llevó a detenerse para echar un vistazo. Aunque el otoño ya se había enseñoreado del calendario y los días acortaban, todavía disponía de tiempo para fisgonear un rato.

La verja se abrió con un chirrido espantoso

La entrada daba a la parte de atrás, así que tuvo que rodear la decrépita pared hasta encontrar un portón de hierro desvencijado. Por suerte, la oxidada cerradura cedió enseguida y la verja se abrió con un chirrido espantoso. Se le erizó todo el vello del cuerpo. «A ver si creías que alguien se habría tomado la molestia de venir hasta aquí para engrasar la cerradura». Aquel camposanto era pequeño. Tan solo lo componían un panteón y unas pocas tumbas diseminadas a su alrededor. La luz del día agonizaba ya, debía darse prisa o se le echaría la noche encima.

Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos

Las sepulturas parecían abandonadas. Quizás ya no quedaba nadie que recordara a aquellos difuntos. Un sentimiento de desolación la invadió al mismo tiempo que un escalofrío la recorría de arriba a abajo. Una súbita ráfaga de aire le voló el sombrero de fieltro y tuvo que salir tras él para recuperarlo. Instintivamente se subió el cuello del abrigo y ya se disponía a marcharse cuando advirtió una lápida adornada con un busto. Precisamente la única que no parecía envejecida. Se acercó para mirar a quién correspondía. La sorprendió que no figurara ningún nombre o fecha. Tampoco ningún epitafio. Sin embargo, la escultura era muy realista.

El rictus de dolor reflejado en el rostro pétreo

El artista no había tenido ninguna piedad del fallecido y parecía haberlo captado en medio de una tremenda agonía, a juzgar por el rictus de dolor reflejado en aquel rostro pétreo. Se quedó mirando: había algo en aquella cara que le resultaba familiar. «¿No se parecía un poco al hombre que le había vendido el mas?» Sí, creía que se le daba un aire. «Tal vez fuera un pariente, un antepasado». Sin duda, sería la explicación más razonable. A pesar de aquella reflexión tan juiciosa, el ambiente comenzaba a resultarle opresivo y tétrico. «Ya está bien, me largo de aquí» y salió a toda prisa con la idea de que en su nueva casa estaría a salvo de aquellos extraños pensamientos que la acechaban desde que había puesto los pies en ese cementerio solitario. Antes de subir al coche pudo escuchar un aullido fúnebre en medio de la montaña que reforzó sus ansias de huida.

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho

La angosta carretera moría en un camino aún más estrecho que daba acceso al mas a través de un arco de obra, donde se podía leer el nombre de la finca: El Mas de l’Arriscat. Ella no sabía su significado, pero el vendedor había tenido la deferencia de traducírselo:

—Quiere decir El Mas del Arriesgado. Ya sabe, en esta zona se llama mas a una finca tradicional. Le pusieron el nombre en recuerdo de un bandolero de por aquí que se escondía por los alrededores. Nadie sabe si existió realmente aquel arriscat, porque según reza la leyenda, quien lo miraba a los ojos no volvía a ver la luz del sol. Dicen que desde que murió, un lobo negro vagabundea por estos lares y trae la desgracia a quien se cruza en su camino, pero, créame, no son más que habladurías.

¿Qué estaba pasando?

Aquella conversación, el aullido. «¿Qué estaba pasando…?». Al llegar, los últimos rayos del sol se perdían por el horizonte. Antes de entrar pudo ver la figura de un lobo renegrido que la observaba desde lejos y de nuevo un escalofrío le recorrió el espinazo. Se apresuró. Trató de encender la luz, pero el interruptor falló. «Por la mañana avisaré al electricista. Menos mal que no soy supersticiosa, de lo contrario saldría por patas de aquí». Encendió una palmatoria y se dispuso a pasar la noche. No había cenado, pero no tenía hambre; ya tomaría algo por la mañana. Se metió en la cama y se tapó la cabeza con el embozo, como cuando era pequeña y tenía miedo de que un monstruo estuviera escondido debajo de su cama. Trató de dormir, pero se le venía todo arremolinado a la cabeza: el rostro imaginario y cruel de l’arriscat, el lobo, los aullidos, el busto del cementerio…

Un bramido estremecedor

Rayaba el alba cuando en las poblaciones cercanas pudo escucharse un bramido tan estremecedor que sobresaltó a todos los vecinos.

Unos días después, unos ciclistas que hacían aquella ruta todos los años se pararon a reponer fuerzas en aquel recoleto cementerio.

—José, mira. Creo que esta tumba no estaba cuando vinimos el año pasado. ¿Quién será la desafortunada?

José se acercó para comprobar lo que le decía su amigo. «¿Otra vez? —No podía creerlo—. ¿A quién enterraban allí cada año, si llevaba décadas abandonado?».

Sin embargo, pudo comprobar que había una nueva lápida sin nombre ni fecha, rematada por la figura de una mujer cuyo rostro era el puro reflejo del terror.

—¿Apostamos para el año próximo?

Foto by kalhh

La luna en agosto III (1)

Tras la fuerte discusión

Tras la fuerte discusión mantenida con Alicia, Ignacio había vagabundeado sin rumbo fijo durante un par de días hasta recalar la noche anterior en casa de Emilio, su jefe además de amigo. Llegó muy bebido, a decir de él mismo con una buena cogorza, moña, merluza, melopea, tajada, curda, pedal… se podría decir que conocía todos los sinónimos de borrachera que se encontraban en el diccionario y algunos más. Le dejaron dormir la mona en el sofá y se había despertado, ya por la mañana, en unas condiciones bastante lamentables. Después de todo, se daba cuenta de que no había sido tan buena idea tratar de olvidar sus penas mediante el consumo desenfrenado de bebidas espirituosas. Abundando más en el tema, no había conseguido su principal propósito, ya que seguía recordando punto por punto todo lo ocurrido, siendo además consciente de que tan solo él era culpable por haberse comportado con Alicia como un auténtico zoquete.

Se había comportado como un auténtico zoquete

No había sido capaz de aplacar su bien fundada ira y se sentía bastante preocupado porque lo único que de verdad le importaba se le estaba yendo al garete. Solo sabía que amaba a Alicia, que era lo mejor que había tenido en su vida y que estaba dispuesto a todo con tal de que las cosas volvieran a ser como antes. No entendía cómo ella podía haberse enterado del pequeño devaneo que había tenido mientras ella se ausentó de la ciudad para visitar a su madre enferma. Su política había sido la del avestruz: cada vez que Alicia sacaba el tema él escurría el bulto, creyendo que ella lo olvidaría con facilidad; pero aquella conducta, lejos de apaciguarla, la enfurecía todavía más y terminaban discutiendo a cara de perro. Para agravar más la pesarosa situación por la que pasaba, no podía dejar de reconocer que se sentía culpable independientemente del hecho de que ella lo hubiera descubierto. No había sido fiel a sí mismo y eso lo hacía sentirse incómodo incluso cuando ella callaba, pareciéndole entonces que aquello era un mudo reproche por su parte. Se mostraba ausente y lejano porque se sentía avergonzado por su propio comportamiento y Alicia creía, de forma equivocada, que era porque se habían enfriado sus sentimientos hacia ella. El abismo que los separaba se había ido haciendo cada vez más grande.

El abismo que los separaba se hacía más grande

Lo cierto era que todo había sucedido de una forma bastante casual. Ignacio salió a tomar unas cañas al caer la noche, por ver si se encontraba con alguno de sus colegas del barrio, ya que, tras la marcha de Alicia, la casa se le venía encima. Por pura fatalidad sus amigos no estaban aquella noche. Sin embargo, se topó de cara con un pibón que no se cortó en tirarle los tejos de una forma descarada. Al principio, no fue nada más que un tonteo, sin intención de pasar a mayores, aunque a Ignacio, de manera muy oportuna, se le olvidó mencionar que tenía pareja. Ella fue muy insistente y persuasiva. Ignacio acabó seducido por su perseverancia y su indudable atractivo físico. Si alguno de sus amigos o Alicia hubieran estado cerca de él en ese momento crucial, todo hubiera sido diferente, pero ella se hallaba a muchos kilómetros de distancia y su solo recuerdo no fue suficiente para que Ignacio pusiera freno a sus instintos más primarios.

Imagen: Artbykleyton

17/10/20, un día especial

Hoy mi entrada en el blog sale con un día de retraso porque entre unas cosas y otras ayer no tuve tiempo para escribirla. Lo cierto es que fue un día especial por dos motivos fundamentales porque era mi sexagésimo segundo cumpleaños y porque tuve mi primera firma tras la pandemia de Covid. Y qué mejor manera que hacerlo en la Fnac de Alicante.

Ganas a la vez que miedo

Por un lado tenía muchas ganas de reencontrarme con las lectoras y los lectores, ya que no había tenido ningún tipo de contacto durante varios meses y se me hacía muy raro. Por otro, lo cierto es que me daba un poco de medio por cómo me iba a encontrar el ambiente: ya sabéis las mascarillas, los geles desinfectantes, la distancia, etc. Porque hay que reconocer que esta pandemia nos ha cambiado la vida y, desde luego, para peor. Sin embargo, me sorprendió la gran afluencia de público que hubo a lo largo de todo el día y todo se desarrollo de una forma mucho más sencilla de lo que yo esperaba. Como es natural estoy muy agradecida a todos quienes confiaron en mí y se llevaron mis relatos para leerlos y disfrutar de ellos.

Un día grande

Pero ayer no solo fue un día grande porque retomé las firmas sino que además, como ya mencioné más arriba era mi cumpleaños. Al estar todo el día en la Fnac se hacía difícil organizar una celebración privada en casa. Mis hijos y mi nuera (por ahora la única que tengo) tuvieron la genial idea de invitarnos a comer a mi marido y a mí en un japonés del centro. Fue una maravilla y una gran satisfacción sentir que esos niños a los que criamos con tanta dedicación, a los que intentamos educar con esmero se han convertido en HOMBRES de provecho, que, además, como hermanos están unidos, se quieren y se apoyan.

Orgullosa de mi familia

Sí, ayer la satisfacción por una firma de libros quedó eclipsada por la estampa de una mi familia, la mía, totalmente unida y de la que me siento inmensamente orgullosa.

Además de la entrañable comida familiar me obsequiaron con esta preciosa orquídea.

Volverá a ser octubre

Era octubre. Lo es todavía

blai bonet

El mes en que yo nací.

No se me ocurre

otro peor para nacer.

Un mes triste y aburrido

en el que la sombra otoñal

comienza a quitarle

el paso a la luz

y al calor del verano.

Y ya van a ser sesenta

celebrando mi cumpleaños

en la triste y odiosa

penumbra de octubre.

Puedo perdonarle

a octubre casi todo:

el frío, la lluvia, el comienzo

del curso escolar.

Todo, excepto

que me quite la luz.

Yo sin la luz no soy nada.

Imagen GBrote

Gajos de naranjas

Título: Gajos de naranjas

Autora: Jaqueline Cruz

Género: Erótica, romántica, feminista

Editorial: Círculo Rojo

Idioma: Español

Año de edición: 2014

Formato papel

ISBN: 978-84-9076-934-8

Sinopsis

Sara Saavedra es una profesora universitaria de 41 años que defiende obsesivamente su independencia y su libertad sexual. Convencida de que no existen las «medias naranjas», sino solo «gajos», de que el amor es poco más que «literatura» y de que, antes o del deseo, la mayoría de los hombres están a la caza de una mujer que «los cuide, los mime y les lave la ropa», Sara evita las relaciones de pareja convencionales y se limita a entablar relaciones sexuales, a menudo a través de una página de contactos por Internet. Sin embargo, cuando conoce a Raúl, la intensa atracción que él le despierta pondrá a prueba algunas de sus convicciones más arraigadas. Paralelamente, las interacciones con sus amigos Jaime y Gabriela, y con Laura, la hija de Raúl, le mostrarán otros modos de concebir la pareja, el sexo y la procreación.

Escenas eróticas y animados diálogos se aúnan en esta novela de encuentros y desencuentros que explora e invita a reflexionar sobre las relaciones afectivas en la sociedad española del siglo XXI.

Opinión

Bajo su apariencia de mujer moderna y liberada, Sara, huérfana de madre desde la más tierna infancia y sin padre conocido, esconde un alma herida. A lo largo de toda la historia, la protagonista nos sorprende con dos de sus mantras preferidos: “yo te di, yo te di, yo te di”, por lo tanto “en algún momento me vas a exigir que te  devuelva” y “todo va estar bien, todo va a estar bien, todo va a estar bien”, que representa el miedo cerval que siente ante la amenaza que para ella supondría la pérdida de su independencia (tanto económica como emocional).

Sara tiene varias cuentas pendientes con el pasado y le aterroriza “endeudarse todavía más”. Tiene cuentas con los médicos, a los que odia; con su tía y su primo, que debido a presuntas caridades pasadas, han pretendido hipotecar su vida presente y futura; con su exmarido  controlador, del que no conserva precisamente gratos recuerdos; con la ciudad de Sevilla, de la que huye como de la peste y que siempre contrapone a su Cádiz natal, que en su mente representa “el paraíso perdido” y para terminar, con algunos amantes del pasado que no hicieron sino decepcionarla por su flagrante egoísmo e hipocresía.

En este contexto es cuando conoce a Raúl. Entonces, todos los miedos e inseguridades que tiene Sara afloran de manera inconsciente y quedan reflejados en la pesadilla que revive en sueños de una manera reiterada, pero cuyo desenlace va evolucionando en un inquietante paralelismo con los avances y retrocesos de la “relación” que mantienen ambos en la vida real. Ella, que no está dispuesta a enredarse en compromisos con ningún hombre, se ve en evidencia ante su propia contradicción. No odia a los hombres, tampoco los ama y sin embargo, le gustan, los necesita y no puede vivir sin ellos. Este constituye su verdadero drama, al igual que el de muchas mujeres heterosexuales y feministas de hoy en día que no quieren verse envueltas en una relación convencional de pareja.

En definitiva, por los ingeniosos diálogos, por los planteamientos audaces de las relaciones entre hombres y mujeres y  por las numerosas escenas eróticas que aparecen aquí y allá,  esta novela constituye una lectura divertida, estimulante y amena. La recomiendo totalmente.

La luna en agosto II (2)

Llegó más rápido de lo esperado, ya que por la noche, acaso debido al cansancio acumulado, le había parecido que la distancia era mayor. En cuanto entró en el local la atendió el encargado, un apuesto y rudo muchacho. Sin duda, la presencia de Alicia debió de causarle una honda impresión. Además, en su azoramiento se le notaba la poca costumbre que tenía de tratar con forasteros y menos aún con mujeres, al menos en lo concerniente a temas profesionales. Alberto, que así se llamaba el joven, fue todo lo amable que su parquedad de palabras le permitió. A pesar de que aparentaba casi la misma edad que Alicia, mantuvo las distancias tratándola de usted:

―No, señora, no… Tardará por lo menos una semana y puede que aún se alargue…

Alicia se desplomó de repente

No pudo continuar la frase porque Alicia se desplomó de repente y hubiera caído de bruces al suelo si Alberto no hubiera tenido los reflejos a punto para agarrarla al vuelo.

―¡Toni! ¡Toni! ¡Vete corriendo a avisar al médico! ―le gritó al chico que tenía de ayudante.

Mientras, alzó en brazos a Alicia y la acomodó en el único sillón de su desangelado despacho, por llamar de alguna manera a aquel pequeño antro infecto lleno de trastos inservibles y cubiertos de un polvo más que añejo.

El pobre Alberto no se había visto en otra igual en toda su vida. No sabía qué hacer; le daba suaves palmaditas en la cara al tiempo que le decía en un tono casi suplicante:

―¡Señora! ¡Por favor! Señora… ¿Qué le pasa? ¡Despierte!

Poco a poco, Alicia fue recobrando la consciencia, pero se sentía confundida y algo avergonzada por lo que acababa de sucederle. No sabía qué decir.

Enseguida llegó el doctor

Enseguida llegó el doctor Marcilla, un hombrecillo extraño, entrado ya en años, de aspecto regordete y socarrón. Llevaba un traje de poliéster bastante corriente y desgastado en exceso, de un color beis claro. Prescindía de la corbata, lo más probable a causa del excesivo calor. Quizá ese también era el motivo de que llevara la camisa ―algo ajada, aunque de un blanco inmaculado y sin una sola arruga― con el botón del cuello desabrochado. En conjunto su atuendo resultaba bastante anticuado, al igual que sus modales, haciéndole parecer recién salido de una película costumbrista de los años sesenta. Toni lo había localizado en la pensión, donde tenía por costumbre desayunar todas las mañanas. Por supuesto, María ya lo había puesto al corriente de la accidentada llegada de la forastera la noche anterior y, al parecer, sin ahorrarse ningún detalle. La sometió a un somero examen y no apreció ningún signo digno de reseñar. Tan solo le encontró la tensión algo baja. No obstante, le recomendó que se pasara más adelante por la consulta para realizarle un reconocimiento más exhaustivo. 

―¡Ah…! Por cierto, hágase también una prueba de embarazo; puede que con eso sea más que suficiente ―añadió al despedirse, mientras le guiñaba un ojo.

Con la trasnochada mueca

Tal vez con la trasnochada mueca pretendiera hacerse el simpático. Sin embargo, el efecto conseguido fue justo el contrario y las últimas palabras del médico dejaron a Alicia todavía más desconcertada. En ningún momento de su vida había planeado ser madre, en cierta medida por la oposición que había mostrado siempre Ignacio y que ella había terminado por asumir como propia. Se daba cuenta, si era sincera consigo misma, de que nunca había pensado de forma seria en el tema. Pero ahora la cuestión le surgía de golpe, en el momento más inoportuno, cuando su relación con Ignacio hacía aguas por todas partes y estaba intentando darle un nuevo sentido a su vida. «No puede ser verdad lo que me está ocurriendo», se repetía una y otra vez, como si de una letanía se tratase. Se haría ese maldito análisis, que saldría negativo ―estaba segura―, le arreglarían el coche, saldría zumbando de este pueblo perdido adonde había llegado por puro azar y retomaría de nuevo su vida en el punto en el que la había dejado hacía tan solo veinticuatro horas.

Continúa

Imagen Ryan McGuire

Diez meses han pasado

Diez meses han pasado, que se dice pronto, desde que escribí por última vez en este diario. Son diez meses, ni siquiera hace un año, pero parece que haya pasado una eternidad. Tampoco el mundo es el mismo de entonces, como si, para burla de todos los escritores de ciencia-ficción, la vida real se hubiera vuelto tan aterradora como la cualquier distopía.

El 31 de diciembre nos comimos las uvas

El 31 de diciembre nos comimos las uvas esperanzados, mientras intentábamos dejar atrás un año 2019 complicado a más no poder desde el punto de vista económico, político y social. 2020, aunque fuera por mera estadística, debería de presentarse mejor, al menos yo así lo creí. Apuntaba enero y parecía que lo más importante era que se formara el gobierno de coalición, objetivo que por suerte se cumplió, ya que nadie deseaba una nueva repetición de las elecciones.

Los ecos de Wuhan

Entonces los ecos del brote de neumonía infecciosa recién declarado en Wuhan y causado por un nuevo coronavirus (bautizado después como Sars-Cov2) llegaban como algo muy lejano, que difícilmente perturbaría nuestra existencia, como había sucedido antes con las epidemias de Sars y Mers, que nunca nos afectaron. Ni por asomo nos podíamos imaginar que entre otras muchas adversidades, una epidemia mundial (nivel experto) producida por este maldito coronavirus, iba a cambiarnos la vida de una manera tan radical. Aunque ver por TV a los habitantes de aquella ciudad del lejano oriente confinados junto al hecho de que sus dirigentes construyeran en tiempo récord dos hospitales para atender esta nueva patología tendría que habernos alertado de lo que se nos venía encima.

La primera señal vino de Italia

La primera señal clara vino desde Italia. Cuando allí empezó a extenderse esta nueva neumonía, que fue bautizada con el nombre de Covid19, cuando empezó a morir gente, cuando confinaron la región de Lombardía y después Italia entera, algunos ya comenzamos a pensar que era cuestión de tiempo que la epidemia llegará también aquí. Y no nos equivocábamos. Empezó a haber casos en España, al principio de manera aislada y en relación con personas llegadas desde Italia y ya por último de manera descontrolada y sin una historia epidemiológica de riesgo reconocida.

Boda el 29 de febrero

Para mi familia el 29 de febrero era un día importante, celebrábamos la boda de mi hijo mayor. Y si digo la verdad, yo ya estaba preocupada por la situación, porque creía que en cualquier momento podía explotarnos en la cara. Con el estómago encogido, no digo que no, seguimos adelante con la boda. Durante ese día nos olvidamos de la Covid19 y nos limitamos a disfrutar del acontecimiento. Fue un día genial, lleno de besos, abrazos y buena vibra. Por suerte para todos los que nos allí reunimos no hubo consecuencias negativas y pese a estar cercados por el virus (ahora lo sabemos) nadie enfermó.

La pandemia y el estado de alarma

El martes 3 de marzo se dio el primer caso en Alicante, pero las noticias que llegaban de Madrid empezaban a preocupar. Allí los positivos ya se multiplicaban por cientos. En ese contexto se celebró la manifestación feminista del 8M, a la que muchos culparon del aumento de los contagios (como se demostraría posteriormente de manera infundada, pues el virus entró en España por múltiples vías). Luego se desató el caos: la OMS declaró la pandemia el miércoles 11 y el gobierno recién constituido declaraba el estado de alarma el sábado 14. A partir de ahí ya todo fue a peor. Yo, como médica de atención hospitalaria (y microbióloga para más señas), fui a trabajar cada día. Previamente y como medidas de excepción, se habían aplazado o suspendido todos los congresos médicos y la Conselleria de Sanitat de la Comunitat Valenciana había cancelado todos los permisos y vacaciones del personal sanitario.

Una situación desoladora

Era una situación extraña, desoladora, salir por la mañana y encontrar las calles desiertas. En el hospital las condiciones de trabajo también resultaban agobiantes, con las mascarillas, los EPI, las pantallas de seguridad. Era agotador, sobre todo desde el punto de vista mental. Perdí mi capacidad de concentración. No podía leer y mucho menos escribir (algo que por lo que sé, les ha pasado también a más compañeros escritores). Simplemente, por las tardes, ya en casa, echaba un vistazo a la RRSS y comentaba algo por aquí y por allá. Las noticias acerca de los muertos y los enfermos, la situaciones que se vivían en los hospitales y residencias de ancianos más lo que yo vivía en el día a día de mi propio servicio del hospital me tenían conmocionada.

La vuelta al cole y el recrudecimiento

Tras el estado de alarma la situación mejoró, los contagios se contuvieron y se instauró lo que se ha dado en llamar «la nueva normalidad», que para ser sincera, de normalidad tiene bien poco. Las mascarillas y el gel hidroalcohólico han llegado a nuestras vidas para quedarse (no sabemos aún por cuánto tiempo). Los besos y abrazos están restringidos, los contactos sociales y los viajes limitados, mientras la pandemia se recrudece de nuevo, justo cuando comienza el curso escolar.

Me siento pesimista

Y así seguimos… Ya sé que los escritores somos hiperbólicos por naturaleza y nos gusta hacer drama de todo, pero en este momento me siento pesimista y nada me mueve a la esperanza. Ojalá pronto pueda cambiar de opinión.

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